12.12.17

Linda, por Sebastián Pau


Así te llamamos con mi hermano Francisco, eterna ovejera criolla, cuando Charly, el novio de Mamá, te trajo aún cachorra desde la casa que alquilaba al final de nuestra calle, donde comenzaba el monte.

Recuerdo la primera vez que fuimos al campo. Mi amigo Ricardo pasó a buscarnos de madrugada y salimos en bicicleta hacia la estancia de su tío, por la ruta de tierra que empezaba más allá del Hipódromo; tus pelos ya largos como lanas y la lengua de afuera; el día clareaba y con Ricardo sentíamos volar en los pedales. Al rato de llegar ordeñamos y en el desayuno su tío nos pidió arriarle unas ovejas del campo de un vecino. Ni vos ni yo teníamos experiencia, sin embargo tranquera tras tranquera, desde mis intentos por dominar la tobiana que más tarde logró voltearme en un galope corto, encantado al igual que Ricardo te veía encaminar el rebaño, corregir su rumbo de uno y otro lado con mordidas al aire, como si vivieras ahí. Y en la sobremesa del asado, aquella plenitud ensanchándose en la naturaleza sin límites, te pusiste a jugar con unos terneros, más bien los molestabas, Linda; a corretear gallinas, gansos y patos en presencia del tío, hasta que el frenesí te hizo malherir a un par y el hombre se levantó de la mesa, fue a buscar su escopeta y vino apuntándote al lomo. Te abracé fuerte, gruñías erizada en posición de ataque y regresamos los tres para el pueblo a toda velocidad.

Siempre te gustó cazar y en las expediciones por el monte virgen con Charly, Francisco y otros amigos, abriendo camino a machete lo que durase la tarde y sin alejarnos demasiado del rumor del arroyo, te ibas con una presa entre los dientes; muy alerta de que nadie ni nada te la quitase. Y las veces que nos apartamos del área que semana a semana expandíamos, dejando un fuego extinto, estructuras fabricadas con ramas, para nosotros o el próximo que las descubriera, como aquél primitivo sendero de piedras que tratamos de honrar cada vez que volvimos a toparnos con él, o cualquier otra huella en ese mapa interrogante al cual solíamos invitar a más personas, porque incluso mamá entreveró allí sus ojos de verdor oceánico, bastó un ladrido, tu gesto en cierta dirección para mostrarnos la salida.

Cuando estuviste en celo nos visitaron un montón de perros y tu instinto se preñó del Pulga, el dóberman cruza con galgo de pelo negro y brillante que usualmente acompañaba a un amigo de Charly, quien para esa época ya se había mudado con nosotros. Pariste en el cuarto de mamá y vi una placenta, cómo lamiéndola salvabas a tus hijos. Encontramos hogares para ellos y elegimos quedarnos con el cachorrito que más se parecía al padre, Dosto, así lo bautizó Charly por su escritor favorito.

Aunque el Dosto era casi de tu altura, tenía menos de un año la mañana de verano que lo atropelló un auto y de casualidad no consiguió matarlo. Estábamos todos reunidos en el corredor del patio, a la sombra del alero de tejas, impotentes y desesperados. Vos ibas de un extremo al otro, en círculos, y de nuevo te arrimabas a lamer las heridas, y cuando escuché alguien telefonear al veterinario Sobrero, en ese instante ví el hueco en una de las patas traseras, un tendón contrayéndose, todo latía allí dentro, y de repente lo notamos: habías desaparecido. Pero viniste enseguida y con una bolsa de huesos frescos, de carnicería. Los desparramaste en torno a él y con tu hocico empujaste su mandíbula, el pescuezo. ¿De dónde sacaste esa bolsa de huesos, Linda, hermoso espíritu?

Sólo nos distanciábamos cuando mis vacaciones eran aquí en Buenos Aires, y ya antes de cruzar el río con destino a Rocha, añoraba ese momento en que al bajarme del ómnibus en la cima de nuestra calle, gritaba sus nombres y segundos después los veía diminutos en la vereda, corríamos para el reencuentro.

Y así fue hasta ese atardecer de Julio que ustedes no respondieron y bajé aquél trecho con una sensación corporal extraña, premonitoria, porque en el horizonte del monte el cielo había perdido algún color, como si huyera, bien fiero de sí. En casa no había nadie y fui a lo de la abuela Nahir, que estaba en el patio, cantando algo de ópera mientras podaba unas rosas: ... Sebita... los envenenaron... hace unos días... no quisimos avisarte... fueron los vecinos: La Pocha y el marido.

La Pocha y el marido, el hijo de la india Laurentina, ese tipo que me convocó a las inferiores del Club Lavalleja...o el borracho del barrio.

Cuánta furia, cuánta rabia y tristeza, Linda hermosa, cuánto desconsuelo.

Salí corriendo para casa sin siquiera preguntarle a la abuela dónde andaban Mamá y los demás, o quizá lo dijo y no pude oírla. La Pocha y el marido habían salido en su moto, y no sé qué habría hecho de haberlos encontrado … Mejor así. Laurentina estaba tomando mate en el murito naranja de su casa y al acercarme, antes de decirme palabras que indujeron mi calma, pues ella sí te quería, con sus ojos tan grises como las dos trenzas que le colgaban sobre el vestido azul, miró por encima de mi cabeza, un pájaro quizá, sin duda interpretaba como nadie a las nubes y a las sierras, y del movimiento de sus labios emanó el aliento, un tono granulado y tibio como polvareda tiñendo mis mejillas, armonizándose con el blanco y lírico de mi abuela.

Unas horas después Charly me llevó a donde los había enterrado, al costado del camino que va para el arroyo, enfrente a los bañados que comenzaban atrás del rancherío de los gitanos Zaroba. Señaló una montañita de tierra rodeada por panes de pasto, unos tronquitos en forma de cruz. También les plantamos un jazmín, dijo y me abrazó fuerte. Y no quise pasar más por ahí, me lo prometí y tampoco hizo falta: hubo una gran inundación y los hogares de los Zaroba se anegaron por la mitad; el agua tardó un mes en evaporarse. Luego de varios días de sol, confiado de que el barro estuviera seco, pasé en bicicleta y me detuve apoyando un pie en el suelo. Una elevación de tierra casi imperceptible donde había diferentes tipos de brotes, tímidas manzanillas al vaivén de la brisa en la que seguí pedaleando.

Para mí, Linda, que no volví más por allí, sos una de las guiñadas que cada tanto me hace el viento, y si no sucede, si no hay besos que me despeinen o despierten, camino por una plaza y arranco hojas de pino, robo alguna flor tras las rejas de un jardín, tomo un puñadito de tierra y lo soplo. Nada a temer. Y si puedo, canto.


                                                          Mañana del 28 de octubre de 2017.