19.7.17

La literatura argentina es el mal, por Alejandro Rubio



 Precisando: es el mal político. Precisando aún más: es el mal político en literatura.
 La literatura argentina está mal escrita. La literatura argentina procrea argumentos malos, personajes malos, imágenes malas, diálogos malos, ideas malas. Los héroes de novela hablan como cancheros de televisión. Los yóes líricos hablan como enamorados de televisión. Los caracteres teatrales hablan como pastores evangélicos de televisión. Las tramas de las ficciones argentinas parecen libretos que cajoneó Suar. La literatura argentina, sólo cabe concluir, es mala. Esto en un primer nivel, el más superficial, el que redunda de una visita con suficiente dinero a Yenny.
 Pasando al nivel siguiente: la ideología de la literatura argentina está mal porque toda obra literaria argentina, en primer lugar, es polémica, y las ideas polemizan con ideas dentro de ella. Se es borgeano o antiborgeano, neobarroco u objetivista, peronista o antiperonista, montonero o antimontonero. Lo primero que piensa un autor argentino cuando escribe es cómo demoler al adversario que eligió. Las banderías políticas y literarias se cruzan, se funden, se confunden, y crean el mal político/literario de la literatura argentina. En ese sentido, el boom de los best sellers periodísticos de la década menemista es el sinceramiento final del lector argentino: nuestra literatura lo acostumbró, después de todo, a buscar, en la ficción, eso. La literatura argentina no conoce la paz, sea ésta el agradable cultivo del jardín propio, sea el reconocimiento clásico de un campo y un canon de lo exclusivamente literario. La literatura argentina está en guerra con la literatura de los otros. En un primer corte, con la literatura de los connacionales, pero, afinando mejor la puntería, está en guerra con la literatura universal, con la inmoral pretensión de que hay algo inventado por gente que no es argentina que se llama literatura. La literatura argentina le disputa a la literatura universal el verdadero lugar de la palabra literaria en relación con el poder, la voluntad, la política. Pero, ¿hace falta este barroquismo de la argumentación? Más redondamente, la ideología de la literatura argentina está mal porque sus ideas son horribles. Decir que son políticamente incorrectas es poco, les da un aura de audacia que en general no tienen. “Civilización y barbarie” en Sarmiento, el batacazo como acto omnipotente, capaz de alterar de una vez todas las dimensiones del tiempo, en Arlt, la mitología del coraje en Borges, la irrealidad del mundo en Borges, la cultura general de Cortázar, los modales del bon vivant ya sea en su encarnación burguesa o pequeño burguesa en Bioy Casares, la crueldad en O. Lamborghini… ¿Vale la pena que siga? Es sencillamente horrible. ¿Podemos imaginarnos a un gran escritor de la literatura universal, un Tolstoi, un Balzac, un Mallarmé, un Dickens (podría seguir páginas y páginas,  la literatura universal es eso, un catálogo de nombres/marca) poniendo la vista un segundo sobre las páginas de la mejor literatura argentina sin apartar la cara de inmediato como abofeteado por un intenso olor excrementicio?
 La literatura argentina, entonces, trata de guerra (con su campo semántico: posiciones tomadas, ataque, contraataque, defensa, táctica, estrategia, persecución, saqueo, paranoia, cadena de mandos, aniquilación, victoria, derrota) y de mierda (con su campo semántico: bolsas cargadas de caca o semen, asados con sus correspondientes chinchulines, cultura pop, sadomasoquismo, pornografía, logorrea, piorrea, viejos desdentados en geriátricos clamando que les cambien los pañales para adultos). Todos los grandes escritores argentinos son Napoleones con una escupidera en la cabeza o por cabeza, es decir, son una mezcla de guerreros y coprófilos. Sin embargo, siguiendo a Weber, podemos establecer tipos ideales que representan un átomo u otro de la molécula literaria argentina.
 Sarmiento sería el tipo de escritor argentino bélico: en él la palabra es un ariete, contra la tiranía, contra la barbarie, contra el gaucho, contra el inmigrante, contra Alberdi, contra lo que sea. Sarmiento inventa el ideal de la victoria total de la literatura argentina: la cabeza del enemigo en una pica, la justificación de ese acto y la compensación de una maestra yanqui. El escritor argentino bélico está imbuido de santo furor, es un cruzado; ha sido elegido para limpiar la literatura y la política argentinas de sus males políticos y literarios y no se detendrá ni siquiera cuando sus compatriotas le imploren de rodillas que de su boca salga algo distinto de un anatema o una invectiva. El escritor argentino bélico es también un utopista: el resultado de la guerra total, nos promete al oído, será, luego de la infalible victoria, la mejor literatura del mundo, la mejor sociedad del mundo. Sarmiento se dedicó más a la sociedad y Borges, su mejor pupilo, a la literatura. Sarmiento auguraba una sociedad de trabajadores alfabetizados dedicados a leer revistas deportivas y del corazón. Borges propugnaba una literatura argentina inversa a la realmente existente, sin rastros de mierda o guerra: novelas policiales intrincadas y originales, poemas neoclásicos de temática filosófica o ciudadana o púdicamente sentimental. La utopía de Sarmiento, desafortunadamente, se realizó; la utopía de Borges, indiferentemente, no.
 El tipo de escritor argentino coprófilo sería, esto no sorprenderá a nadie, O. Lamborghini. La vieja mendiga comemierda de uno de sus poemas es un autorretrato. En él las volutas áureas del barroco que Perlongher, a pesar de lo que dijera, intentó restaurar, son bombardeadas con andanadas de bosta de vaca que cuelgan de las canaletas doradas oscureciéndolas con un pardo típicamente pampeano. Para Lamborghini, las ideas se hacen carne y la carne degenera, ineluctablemente, en caca. Ese es su proceso narrativo. Al lado de esto, hasta los desprendimientos fantasmales de la verborrea de buen tono, al estilo Bioy, pueden pasar por un trabajo del espíritu. El tajo que muestra el color blanquecino del hueso en una fosa barrosa… lo voladitos de la pollera de la niña violada manchados por el fango… el guacho pija desnudado hasta su armazón de alambre, madera y carne de segunda en una pieza donde el olor a sexo emborracha a unos cuantos que viven su desvarío… los huevos enharinados de un homosexual dentro de la boca de una mucama correntina que cita a Góngora… Naturalmente, esto no puede ser tomado en serio. Si lo tomáramos en serio, tendríamos que vomitar en el acto. Sin embargo, lo cierto es que gozamos. Por lo tanto, se trata de una metáfora o de una broma. O. Lamborghini detestaba, más que las metáforas en sí, el aura del sentido figurado, ese aire de solemnidad acartonada que uno toma al decir: “en realidad, esto significa…” y prosigue una analogía cualquiera, que transforma cualquier bobería carnosamente proferida en una declaración trascendental, pero reseca. Para Lamborghini, había dos maneras de tomar las frases: al derecho o al revés. Tomar algo al revés es tomarlo en broma. El humor que se desprende de estas imágenes reales o apócrifas de la prosa de Lamborghini es, pragmáticamente, idéntico al del chico que pedorrea con su aparato manducatorio-verbal desde el asiento del fondo ante una monserga de la maestra. El estilo cubre este acto como una decoración de repostería y lo hace pasar por otra cosa: subversión, malditismo, influencia lacaniana o deleuziana, vanguardia, posvanguardia, barroco. Estos son rasgos de la literatura universal; el sustrato netamente argentino, inmortal, es el pedorreo, y después cagarse encima cuando la maestra se adelanta amenazante con la regla en la mano. De paso, se aclara el secreto de nuestro goce: gozamos con el carácter fecal explícito de la literatura argentina del que, como lectores argentinos, somos cómplices, de la misma manera que sabaneamos con rotundo placer cuando nos tiramos un flato en nuestras camas. Por supuesto, Lamborghini era, en su vida personal un canalla y un impostor. La literatura argentina sólo puede ser auténticamente mala, malvada, canalla, si tiene una relación esencial con la impostura.
 Por eso Arlt es la piedra de toque para entender nuestro tema. Un tipo que escribía mal, con errores de ortografía, de gramática, de composición, es nuestro mejor novelista. Lógicamente, quería ser inventor: transmutar una imagen mental en un artefacto fungible. Pero fracasó y murió, y en lugar de sus inventos quedó su literatura: las imágenes mentales se transformaron en moneda falsa. De cualquier manera, la moneda falsa compra bienes materiales, auténticos inventos. Es enloquecedor y los autores argentinos están locos con la locura de Arlt. Todos los novelistas nacionales después de él sacan fotocopias de sus billetes truchos e intentan comprar el Nobel. La literatura argentina es falsificación, impostura, en definitiva, estafa. Su capital simbólico no tiene respaldo. Los argentinos, con respecto a su literatura, proceden como un hombre que, habiendo comprado el obelisco y habiendo sido anoticiado de su descuido, insistiera en decirse dueño del obelisco ante la aquiescencia general. De un lado, es estupidez colectiva, del otro, orgullo satánico: es porque yo digo que es. Los buenos escritores argentinos planifican sus carreras como golpes magistrales, inventan una nueva fioritura para la tradicional impostación, leen la literatura universal para mejor citarla, homenajearla, parodiarla, falsificarla. El lado bueno de todo esto es que, estando el espacio enteramente ocupado por la falsificación, no hay ningún lugar para la imitación. Todo intento de proponer como modelo de la literatura argentina cualquier corriente de la literatura universal es inmediatamente ridículo y como tal es objeto de mofa general. Es lo que pasó con la operación Planeta, en los 90, de importación del minimalismo norteamericano: el modelo era demasiado conocido hasta en sus mínimos detalles, era imposible falsificarlo. Las copias de buena fe fueron olvidadas antes de ser leídas. Piglia, en cambio, continúa indemne en su tarea de falsificación, casi se diría de usurpación, del “espíritu” de la literatura norteamericana en su totalidad. Después de todo, ¿quién ha estudiado la literatura norteamericana en profundidad? Las falsificaciones pueden llegar a ser tan buenas que cuando nos encontramos con el artículo original nos decepcionamos de él. Es lo que pasó con Saer y la escuela de la mirada francesa: Robbe-Grillet, tardíamente leído, parecía un imitador del hombre de Serodino. Es el triunfo final del estafador: el simulacro en el lugar de la idea.
  ¿Qué pasa con la literatura universal, es decir, con la literatura de Europa y de las élites tercermundistas cooptadas, después de haber vendido sin reservas su alma, por Europa? A grosso modo, lo que se observa es un predominio, una fe más profunda que las teorías posestructuralistas (el posestructuralismo puede ser entendido como un intento ingenuo de argentinizar la literatura universal), en el carácter representativo de la palabra. El escritor universal cree que hay algo que se llama signo que señala algo que se llama referente con respecto al cual todos estamos de acuerdo en que es real, sustantivo y, por decirlo así, inmutable: la palabra puede ajustarse peor o mejor a él, pero no puede cambiarlo. Suponiendo la situación ideal (sujetos inteligentes y cuerdos como productores y destinatarios, voluntad de entenderse por ambas partes, sinceridad del productor, disposición a entender bien al destinatario, conocimiento suficiente del referente, claridad del código) el resultado es una imagen adecuada, literariamente, del mundo. O una imagen de la lengua como homóloga a la estructura del mundo, lo mismo da. Especular, cinematográfica, pictórica, fotográfica, cartográfica: una imagen. El mundo de los referentes es una cantera inagotable de imágenes que cada generación de escritores universales explota, llevándose su trozo de roca al Tesoro de las Imágenes de la Literatura Universal. ¿Qué pasa con el escritor argentino? Simplemente, no es capaz de creer en la posibilidad ni la bondad de esa situación ideal. Para empezar, no cree en la buena fe, ni del productor ni del destinatario. El productor, ya lo sabemos, es un estafador, el destinatario es tan idiota como malintencionado. Su autoconciencia como lector o autor impide que el escritor argentino confíe por un segundo en la transparencia del acto comunicativo. La historia de su país le ha enseñado, por otra parte, que la estabilidad del mundo referencial o es cadavérica o es disparatada. El mundo referencial es ya una imagen, mudable, de otra cosa. ¿De qué? De la voluntad de dominio. Si hay algo en cuya realidad indisputable el escéptico escritor argentino cree a pies juntillas, es en la eficacia y la omnipresencia de la voluntad de dominio. No importa cuán progresista, liberal o libertario se piense un escritor argentino: la fe profunda que se deduce de sus prácticas efectivas es en un poder omnímodo. Por supuesto, esto es totalmente contradictorio con creer en la autoridad. La autoridad constituye jerarquías, protocolos, marcos jurídicos, que todos aceptan como naturales o tan remotos en su origen que se confunden con el estrato natural de la historia. El escritor argentino creyente en la voluntad de dominio ve toda esa armazón cuasinatural como máscara de la voluntad de dominio de los otros, que intenta coartar la suya propia. Recordemos que vive en guerra y en realidad vive en guerra a causa de esta creencia. ¿Pero en qué ayuda determinar las causas y las consecuencias en su estricto orden lógico? Siempre hemos vivido en guerra, la guerra no tiene principio y su fin es una propuesta de la misma guerra para ganar fuerzas en los momentos de debilidad y soñar con la paz, es decir, con la voluntad de dominio propia triunfante. La historia mitológica que el tráfago diario enseña al escritor argentino lo lleva a pensar que la nación es la consecuencia de una orden dada al caos. Pero el Génesis, en la mitología política argentina, es un acto que debe repetirse periódicamente, porque la nación tiene en su interior un vector de retorno al caos, dado que su creación fue el acto de un demiurgo menor: Sarmiento. Cada escritor argentino quiere ser el demiurgo menor de su generación: (“¿Quién de nosotros escribirá el Facundo?”).
 La mierda entra aquí como táctica de dos estrategias compatibles pero distintas: como demostración del carácter ilegítimo de la voluntad de dominio ajena, en relación a los competidores connacionales, o, en un nivel más alto, como demostración del carácter ilusorio del mundo referencial, en el terreno de la disputa con la literatura universal. El uso de la cultura pop, últimamente, ha predominado como postulación de la mierdificación del mundo, y al mismo tiempo sirve para denunciar los restos de cultura alta (de borgismo o saerismo) en las políticas de algunos competidores con peso en algunas editoriales, algunos sectores de la academia y algunos medios. La conclusión final es que el elemento mierda en la literatura argentina se subordina al elemento guerra, a pesar de que ambos coexisten desde el principio en el escritor argentino. Esto es así porque la mierda admite gradaciones en su densidad odorífera, desde la conspicua mierda de perro, pasando por la bosta seca de caballo, la mierda de paloma, la caca de mosca, hasta llegar a la sintética mierda rosa. Podemos imaginar, tendencialmente, un estado de la literatura argentina casi desodorizado, aun conservando la esencia intestinal. Pero el estado de guerra es constante, prevaleciente, irrenunciable: sin la tensión bélica a flor de piel no existe motor para continuar produciendo literatura argentina.
Por supuesto, se puede objetar que he tomado sólo unos pocos ejemplos concretos de escritor argentino y que ni aun estos pocos han sido estudiados a fondo. A lo segundo, respondo que mi argumentación se basa tanto en la obra de los autores, que supongo suficientemente conocida, por más que seamos argentinos y por lo tanto casi no leamos, como en la atención crítica que estas obras han despertado; de ambos fundamentos me limito a sacar mis conclusiones, remitiendo al lector que quiere verificarlas o refutarlas a la biblioteca. A lo primero, contesto que es cierto, pero improcedente. Naturalmente, existen jóvenes serios, grillos de papel, escarabajos de oro, ornitorrincos, Ernesto Sabato, cortazarianos, posconcretistas, varias clases de neorrománticos. Y mujeres, muchas mujeres. Pero un escritor argentino del Bien no contradice la verdad de la literatura argentina del Mal: es sólo un mal escritor de la literatura universal.



Tomado de: Alejandro Rubio, La garchofa esmeralda, Mansalva, 2010.

12.7.17

Hay que llevar un cuaderno, por Emilio Jurado Naón



Una generación está formada, ente otras cosas, por aquellos que se reúnen en torno a un problema; esto lo dijo Gabriel Cortiñas en Cuaderno del poema.

Hay algo anacrónico en Cuaderno. Uno se pone a pensar, mientras lee las notas, muchas cosas (las notas buscan eso: hacer pensar) y entre esas cosas está la duda acerca de qué es lo anacrónico de Cuaderno: no es el tono, no es la prosa, son algunas palabras que se pone a desmigajar.

Anacrónico NO ES un término peyorativo. Esto hay que aclararlo. Anacrónico señala una dislocación del tiempo, de la época; una incorrespondencia. Una palabra anacrónica no corresponde a su época (viene de OTRA). Entonces, ¿por qué el término anacrónico suena peyorativo? ¿Qué pasó para que nos viéramos en la necesidad de dar explicaciones? Palabras que caen en desuso; palabras que nos obligan a un mal uso, al uso malo. No corresponden.

Antes de seguir tomando notas, vuelvo a leer la dedicatoria que me dejó Gabriel Cortiñas en el ejemplar de Cuaderno del poema. En manuscrita, iza un saludo. Y la data dice “2017”, sé que dice “2017”, no podría ser de otra manera. Pero lo que se lee –lo que la manuscrita hace leer– es, claramente, inopinablemente, trazado con precisión: “2012”. ¿Desde dónde (desde cuándo) me escribe Gabriel Cortiñas? ¿Qué estaba haciendo yo, en 2012?

El anacronismo de Cuaderno está en las palabras, en algunos términos: valor, verdad, estética, propaganda, conservador, revolucionario, Ho Chi Minh, Simulcop, Chernobyl. ¿Cuándo pasa a sonar vieja una palabra? ¿Cuándo empieza a no corresponder con la época?
La palabra política sonó anacrónica en una época y después rejuveneció. En este instante podría estar envejeciendo de vuelta. Lo sabremos en algunos años.
¿Caen? ¿O son arrojadas? Al desuso.

Cuaderno del poema es consciente del tiempo de los términos, así como de las correspondencias e incorrespondencias entre época y lenguaje. Hay una batalla silenciosa entre estas notas breves. Y con esa batalla que susurra de fondo, Cuaderno arrima los términos y condiciones, las palabras que le interesan corresponder o bien discutir.
¿Y si no fueran las palabras, sino la época, la que no está correspondiendo?

No es ingenuo: propone, sí, pero también impone. Impone un alfabeto para pensar el poema y, en el mismo movimiento, se acerca como una propuesta. “Mirá, yo pienso esto, ¿qué te parece?”

Se lee en Cuaderno del poema: “Lo importante al momento de enfrentarse a un poema es que en esa construcción de sentido por parte del lector ocurra eso llamado pensamiento. Y no está mal o 'de más' el verbo obligar, ya que a diferencia de la prosa mercantil perezosa de consumo, el poema obliga a una lectura activa; moviliza los mecanismos que todo sujeto tiene para construir en el campo opuesto de lo unívoco.”

De manera explícita, este proceso se puede leer en Cuaderno cuando se pregunta por la procedencia de las palabras: “¿De dónde viene la palabras tensión?”, “¿De dónde viene la palabra distracción?” Así se arma el acervo: preguntándose. Los términos de Cuaderno son utilizados con una voluntad; son palabras de uso común, pero al ser sometidas a la reflexión no se limitan al lenguaje al uso: se sigue preguntando acerca de las posibilidades de cada término, su potencia. Fronteras, pero en movimiento.

La manera en que Cuaderno ensaya pensamientos sobre el poema abre preguntas a las que volverá más tarde para ensayar respuestas. Se inquiere a sí mismo, pone en tela de juicio enunciados categóricos. Todo esto invita a pensar en modos de la crítica.
Pero lo importante, pienso, lo que destaca a Cuaderno de otros ensayos de y sobre la crítica literaria, es esto último (no es un detalle, es el punto): los enunciados categóricos. Entonces, habría que dar vuelta el pensamiento: el valor de Cuaderno es que asume posiciones fuertes, categóricas, acerca de lo que cree que es y debe ser el poema, lo que es y debe ser la crítica, y luego, después, en ritornello, los pone en duda, se cuestiona, corrige o bien reafirma.

Subtítulo de una nota: La analogía y Cortiñas.
No voy a explayarme acerca de su afición por las analogías, pero sí voy a destacar que un (buen) uso del recurso se ve en las páginas de Cuaderno. La analogía fuerza una relación entre dos elementos para mostrarlos desde otro ángulo: como cuando dice que el poema de entretenimiento suena bonito, o sea, un pez que no es atún y se puede encontrar entre las latas del supermercado.
Uno queda susceptible a las analogías de Cuaderno; en cualquier momento puede aparecer una (un duelo de inteligencias y velocidad entre lector y Cuaderno para ver quién detecta antes la oportunidad de poner en relación dos series de sentido). Así, entre una reflexión teórica de alta densidad y una crítica de los poemas, por ejemplo, de Sergio Raimondi, aparece algún fragmento más “vivencial”, si se quiere, “cotidiano”, “narrativo”, si se me permite, que parece dar aire al lector sesudo.

Se lee: “La primera impresión de La Habana fue el olor al combustible mal quemado de los autos. Ese olor me persiguió todo el día. Después me explicaron que era porque muchos de esos motores, en su origen nafteros, tuvieron que ser convertidos a diésel.”

La nota da para respirar un seg... Pero el lector sesudo no descansa –no puede descansar: Cuaderno lo volvió sesudo y suda. Ya está pensando en una analogía: que Cortiñas, su Cuaderno, quiere convertir el motor del poema de naftero a diésel y hacerlo carburar mal; que la nafta mal quemada persiga al lector sesudo durante todo el día (aunque no esté, por supuesto, en La Habana).

Subtítulo de otra nota: La ventriloquia de Cortiñas.
Hay citas que se dan cita en Cuaderno, con una trampa: una trampa de la escritura para garantizar el juego limpio de la lectura crítica. Se citan textos de otros sin comillas, pero con la aclaración al final del párrafo (“esto lo dijo... tal”). El efecto es de extrañeza, sorpresa, contrariedad. Porque se empieza leyendo una afirmación que uno atribuye a Cortiñas y, de repente, esa afirmación le corresponde a otro. “Si la puso Cortiñas, Cortiñas está de acuerdo”, supone uno. Pero el golpe de extrañeza queda sonando. Como si Cuaderno quisiera poner de manifiesto el peso del preconcepto con el que carga todo lector (malintencionado por definición): frases de Keneth Goldsmith, de Carlos Mugica, de Raúl Zaffaroni. Uno no las hubiera pensado ahí, uno no las hubiera pensado en boca de esos nombres tampoco. Después del volantazo y la sorpresa, la argumentación de Cuaderno vuelve al carril e incorpora, a las disquisiciones sobre el poema, el tono y el enunciado de aquellas voces visitantes.

¿Cuaderno es un ensayo? ¿Una teoría?
Se lee: “La autorreflexión no como un mero decir acerca de lo que se hace sino como un hacer de otra manera eso que habitualmente se hace. Entonces, lo que hace falta es la misma práctica estética. Podríamos llegar a estar en un momento en que escasea la praxis. Lo estético es un proceso vincular, ¿cuál es la ley del movimiento del poema?”

Entonces, entre poner en práctica un poema y poner a andar la reflexión sobre el poema no habría distancia. Pienso que, si bien se puede decir que son pocos los ensayos que se conciben como una escritura poética, son aún menos los poemas que se conciben como un ensayo de la lengua.

Tomar notas sobre literatura es una manera de no dar el valor por sentado. No es obvio que Juan L. Ortiz es un gran poema (digo, poeta), parece decir Cuaderno. Y elabora una breve nota sobre Juanele. No es obvio que hay que leer literatura contemporánea, parece decir Cuaderno. Y elabora una breve nota sobre María Salgado.
El encuentro, en Cuaderno, de poemas canónicos y poemas contemporáneos, poemas de acá y poemas de allá, de España, Chile, El Salvador, obedecen a un doble propósito: señalar valor en esos textos y detectar qué movimientos en ellos habilitan a seguir pensando el poema. Dos propósitos que son el mismo.

Me gusta cómo Cuaderno de repente se pone pragmático: se para, mira y como si dijera ¿pero cuáles son los textos qué hacen esto, aquello? Los que más valen. Y enumera varios títulos de los últimos diez años que pueden ser considerados, según la estética que desarrolla, poemas.
Hay ahí una sinceridad y una necesidad de ser consigo sincero: ¿en qué poemas pienso cuando pienso en el poema? Y la sinceridad se extiende a una generosidad, la de nombrar con nombre propio tanto a los textos como a sus escritores.
No pienso esto como quien dice “hay que ser generoso con los colegas”; pienso más bien en los colegas como lectores (y, a la inversa, todos los lectores como colegas), las personas que nos acercamos a leer lo que hay en Cuaderno y encontramos ahí, no sólo definiciones, dudas, reflexiones y apuestas, sino también un índice de obras contemporáneas, nuevas herramientas con las que seguir trabajando.

¿A quién le habla Gabriel Cortiñas?”, podría preguntarse algún lector exigente. ¿De dónde sale esa pregunta? Una respuesta fácil sería: el Cuaderno del poema habla consigo mismo, son preguntas al interior de la reflexión poética por parte de su escriba (lector y escritor de poemas). Pero, no, hoy el Cuaderno se publica, se hace público. Entonces, a pesar de la conversación íntima que un cuaderno de notas puede aparentar, hay una intención fuerte hacia lo público. Exponer preguntas y convicciones estéticas constituye un gesto jugado sí, pero también (en este caso al menos), ese jugarse se juega para replantear el juego.

La única operación política de un texto es introducir en el tejido textual del tiempo por medio de la literatura aquello que le interesa; esto lo dijo Monique Wittig” en Cuaderno del poema. La operación de Cuaderno, uno malicia, quiere introducir en el tiempo literario eso que le interesa. Y quiere, él mismo, interesar, claro, porque sin quienes se interesen en la discusión de ciertos problemas, sin quienes se prendan a pensar en la disputa, no hay operación que rinda ni hay literatura que siga viva ni hay ni hay política.

Se podría decir que Cuaderno quiere una sociedad distinta y ejecuta una práctica prefigurativa (ese término hermoso) con la idea en la frente. ¿Qué clase de sociedad quiere Cuaderno? ¿Distinta en qué? Dice y hace; se lee: “una sociedad más abierta o propensa a la pregunta (y, por ende, una sociedad que le otorga más espacio a lo nuevo)”.

Hay que llevar un cuaderno para leer Cuaderno del poema



08/07/2017 – La Sede, Villa Crespo.

4.7.17

La respuesta, por Luciana Cattaneo




Yamila estaba cansada de esperar. De esperar que todo se solucione, como  decía el cura. De esperar y tener paciencia, como decía su mamá. Todos los días se levantaba pensando que hay que confiar en que las cosas se van a solucionar, esperar a que Roberto ya no reaccionara de esa manera, a que deje de ser tan violento, a que la medicación que le dio el doctor haga efectos. Para poder dejar de llorar en la cocina, en la ducha del baño, dejar de esconder su angustia, su rabia. Esperar y respirar algo que entre tanto ahogo ya no podía hacer.
   Yamila no tenía días de tranquilidad, sentía que vivía en una pesadilla y eso la mantenía con un mínimo de esperanzas. En algún momento despertaría del sueño y le devolverían todas las ganas robadas. Ya no encontraba razones para ponerse bonita, hacía mucho tiempo que no sonreía y se encerraba en su habitación cuando Roberto no estaba a escribir versos o recuerdos,  que eran como un exorcismo de todos sus males. Había aprendido a olvidar, ya no conocía al hombre del que se había enamorado aquella tarde en un pueblito esperando el tren, y los recuerdos más hermosos los tenía enterrados en baldíos. Sabía que los dos habían sido inseparables. Él la abrazaba fuerte cuando dormían la siestas prometiéndole nunca dejar de ser como el verano, ofreciéndole infinitas libertades y llenando el cuarto de olor caliente y risas de juventud. Pero ahora, no había más verano. El invierno triste y despiadado la invadía cuando Roberto llegaba del trabajo. La casa se llenaba de sombras y quedaban pocas imágenes recortadas de los dos. Yamila no hablaba, estaba cada vez más callada ante él, que entraba y le acariciaba el pelo, y le pedía inmediatamente algo de comer, se quitaba la ropa sucia del trabajo, exigiendo que Yamila la lave, le gritaba por no haber cocinado algo sabroso, por no haber comprado la comida del perro, por negarse a tener sexo con él, por estar cansada, por tener dolores de cabeza, por sentirse enferma. A la noche exigía sus cervezas frías mientras veía la televisión. Se reía y burlaba de Yamila cuando ella opinaba de fútbol, o si la encontraba leyendo. Roberto se enojaba cada vez más y más con ella, y todo terminaba en golpes y patadas.
   Instituciones, médicos, psicólogos, abrazos de él y promesas, nada corregía la conducta de Roberto. Yamila rezaba en la soledad de su cuarto, pidiéndole a los santos que su esposo mejore, que nunca más le ponga una mano encima, que todo pueda ser como antes.
   Una tarde, de esas en que Yamila se quedaba sola, tocaron el timbre de su casa. Tenía miedo en responder, porque Roberto no la dejaba hablar con nadie que él no conociera. Espiando por la cerradura, preguntó:
   –¿Quién es?
   –Somos de la Iglesia. Necesitamos hablar con vos, Yamila. Nos manda el padre José.
   Eran dos mujeres jóvenes. Yamila dudó, pero abrió la puerta con miedo, y las dejó pasar. Charlaron un buen rato. Yamila preparó unos mates, y las mujeres contaron que necesitaban que Yamila vuelva a la iglesia para estar unidas y así juntas terminar con la maldad que había en el mundo. Hablaban muy rápido y confundían a Yamila, que hacía mucho no tenía contacto con el afuera. La invitaron a ir más seguido a la iglesia, a cantarle al Señor. Yamila respiraba profundo y asentía con la cabeza, tragaba el humo de sus cigarrillos que empezaban a marearla. Una de las mujeres le pidió su teléfono, ella le dijo que no tenían hacía años en la casa, que no usaba el celular porque su marido decía que esos aparatos tecnológicos eran para las chicas tontas. Las mujeres se miraron, y una de ellas se percató de un golpe que Yamila tenía en el brazo. Era como que las piezas comenzaban a encajar. Yamila las echó. Dijo que tenía que trabajar, que estaban atrasando sus tareas domésticas. No podía perder más tiempo.  Las mujeres insistieron y Yamila rompió en llanto por primera vez frente a totales desconocidas, contó su historia con Roberto. Se sentía harta, ahogada, corrió a su habitación y les mostró sus escritos, cada uno de ellos. Sentía la furiosa convulsión de su cuerpo, el espasmo del habla, el alivio a tanta pena. Las mujeres prometieron ayudarla si ella volvía a la iglesia, la abrazaron con fuerza. La consolaron diciéndole que tuviese fe en el Señor, que él iba a responder a sus súplicas. Y que no se alejara nunca más de la iglesia.
   Cuando las mujeres se fueron, Yamila quedó destrozada. Apagó las luces, encendió un cigarrillo y se sirvió un whisky de los que les gustaba tomar a Roberto. Se quedó, sentada en su sillón mirando el vaso, pensando: ¿De qué sirve seguir escribiendo? ¿De qué sirve seguir amando sola, si los soles y el verano ya se fueron y ahora siempre es invierno y hace frío? ¿Por qué seguir diciendo padre nuestro de cada día, todos los días, si solo eran palabras vacías a un dios que nunca aparecía? ¿Por qué había dejado en el camino tantos sueños y los estudios en la maestría de Arte y el aborto que se hizo cuando él le negó un hijo y la trató de puta? ¿Por qué perdió tantas tardes de cervezas, tantas noches de café en las esquinas? ¿Por qué escribir le había salvado la vida tanto tiempo?
   Cuando volvió Roberto la encontró en el mismo lugar, muy pálida, como muerta. La situación lo sorprendió, pero solo le importó que Yamila se había bebido todo su whisky. Roberto se enojó y comenzó a gritarle para llamar su atención, al escuchar su voz, ella levantó levemente la cabeza pero no respondió. Roberto la agarró de los pelos y le pidió a los gritos que responda por qué se había terminado todo su whisky.  Como no contestaba, la empujó de su sillón, tirándola al suelo. Y dejándola allí le pidió algo de comer, dijo que tenía que ver su programa favorito, que por su culpa se lo estaba perdiendo.  Yamila se levantó del piso. Estaba ebria, no sentía sus manos, ni su piel, tampoco sentía ya su corazón. Se dirigió a la cocina y abrió la heladera, sacó poco a poco la comida para preparar un sandwich de carne. Tomó un plató y untó la mayonesa en el pan. Estaba confundida, y veía cómo se reía Roberto con su programa de TV, se rascaba las pelotas, y le gritaba para que se apure. 
   Yamila, ese día estaba llena de nuevos deseos. Se dejó llevar para cumplir su propósito, no quería vengarse, necesitaba una nueva vida lejos de él. Su luna borracha le dio la fuerza. Se acercó a él poco a poco por detrás, y sin decirle palabras  lo ahorcó con un cinto. Disfrutó verlo sufrir, ahogarse tanto como él la había ahogado por tanto tiempo. Ese hombre sin cerebro pensó, con cuerpo y mente enferma, y manos violentas. Hay que deshacerse de todo lo que está mal, hay que terminar con todo lo malo que hay en este mundo, como le dijeron esa tarde aquellas mujeres, pero hay que vencerlos con actos, con no- palabras y con sueños. La muerte la hizo libre. Todos vamos a morir, pensó. Y de mí que sea lo que Dios quiera.


27.6.17

El Transnácar, por Santiago Armando


para Rick Wakeman


En el Transnácar los hombres no teníamos ano, pero nuestro hueco era el lugar esbelto, el olor a culo rizaba el aire con los colores de la fantasía, ancla que no encalla en nalga, que de arena no serás libro, y temblaba como si sus palabras importadas del gas de cassette, y las cintas pirijillas, le dieran el tono, el tono que buscaba en la naturaleza del Transnálgar, su garcilazo cumbre en el ojal de la época. Estaba jodido buscando el continuo metafórico y pasaba el momento en que él extraía un confuso pero fiel acueducto de luna en el líquido nácar de la bombucha, el enjabonamiento de todas las saludes, y le dio vergüenza pero se sintió cómodo, se dijo así que el transnálgar sería aquello a lo que fuera llevado con el culo sentado, el sentado transnálgar con el melgar almidonado por las flotantes margaritas de dulces pedos vaporizantes, pero no, estaban mis amigos, los amigos poetas, y la napia de un deforme daliniano, raros gestos, avechuchos en los líquidos de perla emulgentes, y el arroz diamante con un toque de hez, y con la nariz de nardo salió sentado, se desplazaba por lo blanco, y miraba las planicies de moros galopantes junto a los lombrosos, y toda la grasada repentina que acompañaba al general Telepíktor, que no tenía dientes, el peternacido, el avescudo avechaguel del Peteburgo, los bardos rizados blancos en el chucho de avidábal. El plectro añejaba limpia la varda sobre la escabildada, le gustaba el bingo del cabildo, que era de los chinos y el Transnácar me depositó en Jerusalem, escenario del cristo como minoría política, mendigo de Jerusalén, y refocilaba su pedo nácar, pero todavía no teníamos un diputado católico del arroyo jordán de Miramar, que crucé con mi cayado... ¡hago falta! ¡yo sé que hago falta!, decía Zitarrosa, pero me gusta más Zelarayán: él no se preguntaba eso, por supuesto, no andaba declamando certezas como Zitarrosa que al rato ya empezaba a hinchar las bolas con su tonito atravesado. Y debiera pedar con alegría, entre las minas también,y esos cangrejos con bordados de El Bosco se alejaban... y acá se da mucha vuelta, por los inhóspitos fríos hospitales. Por la salud del burgo propicio te saludo para entregarte mi dolor, Telepíktor, en una bolsa exánime. En fin, remitiré ya mis impresiones sobre todo lo que se pueda aclarar, lo otro del mismo, cuando uno tiene más que una puta noción de que estamos todos con el culo temblando un poco en el tren nácar, y Transnálgar pasó por la cuesta del pomo, con sus aspersores Glades, la cuesta de Forlinga, el Lamidoso pulgar, el dame ocho Dantúan... y me digo a mi mismo que no hay excrementos mas deliciosos que los de los monos del Transnácar, te los da el mono con la cola en un racimo de fintas, el simio caga uvas en mi mente, el mono bambi. Membricio Ventevino se hace decir Etelvino y gana en bitcoins la escritura ¡escritura de claxones esperpénticos! Y Juan Abreu veía el cuento como mosquitos del aviso de Raid pero con unos huevos enormes, el que bien rascaba sus almoznis de escritura por un poroto de parma en un cuento, que Juan veía esos horrorosos insectos de huevos enormes en su cuento de la selección Cuentos desde Miami. El Huevo te cuento, el bledo Antonio, los poetas haroldos ¡y los estudios del licenciado del pedo! Había que rascar el arnulfo de los demiurgos cimbrones del ser, como la cuesta de la luna el desertizado plégamo de varices te chupo hasta que salieran, o asomaran; pero había que incorporar la lengua que tanto hace a la libertad de calzarse los zapatos, la soberana potestad del calzado ungido por las cebollas transparentes de una patada al bulto en la rosenda fraga.


Caldo bocina y empieza la vid de profilácticos peces de cuarzo deslucidos... me pregunto si me siento un atleta por escribir un párrafo nulo, nulo como dentro de un mar, y nado iluminado por lo negro, un santo pasa, pobres tipos somos
por suerte se acabó la música
ya todo está tranquilo
ya no hay plasticidad narrativa,
tirá un verso y acostate
-guión largo como una cama-
descansá chamigo
ni te estreses por esto,
odio la música escribió Osvaldo Lamborghini.


20.6.17

Los ruidos, por Javier Fernández Paupy


Cambian como el sonido de una época, como la línea fina entre el plástico y el vidrio, como las costumbres, el papel fotográfico, la música o las drogas. Podría dar vueltas por la casa escuchándolos todo el día, dejándome llevar. Como una imagen arrastrándose por las calles. Kilos y kilos de narrativa barata lo ignoran pero yo lo sé. Sentimiento y falta de sentido práctico, ahí está todo. Sí, la queja es vulgar. Y la mente madura o se pudre. ¿Y si se pudre? Entonces estamos perdidos. Nuestros actuales políticos parecen funcionarios de otras naciones, como virreyes anacrónicos que trabajan para monarquías ilustradas. ¿Y? No hay política, hay políticos. Entonces, ¿voy a poder, sin alcohol, aislarme para pensar en papeles manuscritos y hojas mecanografiadas? Sentimientos no perecederos, cosas buenas, busco eso. Porque no hay adultos; hay, sí, una Compañía General de Grandes Clichés (la imagen es de Simon Leys), donde ciertas personas hunden sus patas hasta las rodillas. Leo para darme cuenta que estoy solo. Yo quería comparar eso para entender que entre los libros y las personas hay relaciones. Tienen en común las palabras y el tiempo encapsulado. Porque la madurez se termina midiendo por parámetros de mercado. Por ejemplo, Frank Zappa, su música es medio descerebrada y transmite una vibración nerviosa. Puede ser inflamable en algún punto. Mi madre no la entendería. Estoy hablando de los ruidos. Ansiedad, ataques de indiferencia, fobia, irritación, trastorno obsesivo, ira, furia, rabia, estrés, sueño, fatiga. Leí todas esas palabras en un folleto que me dieron en un hospital. Porque todo me llama la atención cuando me concentro. Pero perdí la concentración. El interés por la vida carece de base. ¿Quién fue que dijo eso? Como darse cuenta del abuso del adjetivo «nuevo» en las revistas: nuevos salvajes, neo-figuración, nueva pintura, new wawe, nouvelle vague. O como entender que toda persona es ilusionista o comediante. Incluso, si dejáramos salir al boceto interior, seguiría siendo solo una apariencia. Por ejemplo, A, que habla sin decir nada. B lo escucha (su ruidosa nada) y C lo repite (la fotocopia de esa nada). Decir que esto es obvio no pretende minimizar su complejidad. Te invito, lector, a que expliques la diferencia entre «por lo tanto» y «por consiguiente». Porque el lenguaje es un aspecto de la conducta. Si pudiera vivir, no escribiría. Siempre sentí que la literatura era todo. Ahora lo vivo como una tragedia. Nada es todo. Debería haber puesto más interés en otra cosa. Formar una comunidad de animales, por ejemplo. Se llamaría La asamblea de los sabios. ¿Quién fue que dijo: «Los animales se parecen tanto a las personas que a veces es imposible distinguirlos»? En lo que refiere a los asuntos humanos –escribió alguien–, no reír, no llorar, no indignarse, sino entender. Estoy tratando de entender. Pero todavía no entiendo. Supongo que hay nebulosos y flatulentos poetas, faltos de vida, indolentes, detrás de esta idea. Y está ahí, como un pedazo de cielo, la locura de atender a cada pensamiento como si fuera real. Ahí están los ruidos. Los míos. Son muchos y no los entiendo. ¿Qué quieren de mí? No sé, pero creo que no me quieren a mí. Hay un proverbio que dice: «Encontramos al enemigo, éramos nosotros mismos». Son estos pies planos sobre un mundo resbaladizo. Es la lluvia vista desde un balcón. Alejandro me dijo sobre Luis: «Era un gran lector. Si hubiese tenido que trabajar, habría sido un gran escritor.» ¿Qué dirá de mí Alejandro cuando no estoy? ¿Qué decía Luis, sobre mí, ahora que no puedo preguntárselo? Sepulté hace años la ambición ingenua de iniciarme en que las cosas no me aturdan. La sensación de no pertenecer, de confiar, de agradecer o de hacer, ¿es real o es irreal? Mucha nada y tanto para decir. Todo esto es confesamente autobiográfico. Como el stencil en la esquina de Gral. Juan Lavalle que dice: «Al patriarcado hagámoslo concha.» Mi chamán me mandó un mensaje. Las cosas no se aclaran. Estoy cansado. Todo lo hago sin saber por qué. Quizás no pueda tomar control sobre mi comportamiento ni ser dueño de mi vida porque no puedo dar un paso atrás de lo que siento y mirarlo con neutralidad. Todo pasa. Esa es su irrealidad. El viento lo sabía. Yo estaba acelerado. El reloj se detuvo a las 12:45. ¿Por qué? Si fuera sabio de verdad viviría siempre feliz. Yo quería prestarle atención a eso. Nadie está mal mucho tiempo más que por su propia voluntad. ¿Quién fue que dijo: «Podemos afirmarnos en calidad de fruta, maduramos»? ¿Y quién fue que dijo: «Cada minuto es un minuto menos»? Imagino un amor para nada complicado con la propia vida. Como los propios dientes. Recuerdo los pañuelos de tela que mi padre lavaba a mano y dejaba secar, pegándolos en los azulejos del baño. Recuerdo el vaso en el que diluía una aspirina con azúcar y lo tomaba de un trago. Escuché cómo hablaba, estudié sus gestos, leí algunos de sus libros. La manera que tenía de caminar y de reír. Sus cigarrillos. Su manera de roncar y de enojarse.





12.6.17

Los días, por Serge Delaive




La importancia de un río

La ciudad donde vivo suelta un grito
continuo inaudible
salvo para los oídos
de los que acumulan años
en las calles apretadas
entre las colinas y los callejones

Ese grito horrible a veces taladra
el fondo de la costumbre de los cráneos
antes de apagarse poco a poco
y después sumergirse en la corriente
del Mosa que se lo lleva
en sus aguas barrosas
deyecciones de cloacas mezcladas
con cadáveres de ahogados

El grito se aleja por las grandes aguas
y le da un respiro a los habitantes
mientras el río arrastra su lenta materia
a través de las llanuras hacia el mar
donde el aullido se diluye entre bancos de arena
en la estela de los tankers y de los petroleros
que alcanza antes de explotar otra vez
en los oídos de los marinos por mucho tiempo.


Ella en la cama

Ella dice
agarráme al revés
arrodillate
rezá tu oración
Ella dice
algunas a algunas o
pero ninguna i
la vocal roja
Ella dice
vos te agitás
desbordás de fervor
dios mío sin embargo

espera lentitudes.



El dolorcito o la intranquilidad

Cada mañana estos últimos días
me levanto ahogado por un nudo
que se endurece en el centro de mi vientre
y se extiende hasta el cerebro
al punto de obstruir el pensamiento
de reducirlo a la obsesión
por la muerte y sus atavíos
en una serie continua de olas intranquilas
cuyas crestas furiosas
vienen a lamer mis espirales mágicos
parecidas a esa cabellera de océano
que llaman salpicaduras.




Tren nocturno

En un andén
mi padre agita la mano
Visto en picado
esboza una sonrisa

Se entiende
que la foto fue sacada
desde la ventana de guillotina
de un tren a punto de salir
(hacia dónde, no se sabe)

Ahora es mamá
la que se ve en la ventana
Sonríe en contrapicado
y hace un tímido gesto de adiós

Mis fotos preferidas
pese al blanco y negro demasiado gris
Porque todo es gris
salvo las sonrisas
y lo que se lee en las miradas
de mi madre de mi padre
y no envejece


La camiseta

En Buenos Aires
Compré una camiseta albiceleste
De la selección argentina
Sin dudas la mejor del mundo
Iba muy orgulloso con mi prenda
Por las plazas y las avenidas
Entre los rubios el más argentino
O quizá era al revés
(Los últimos nazis en el exilio
Ostentan melenas plateadas)
Y en todos los lugares lindos
Paraba a cualquiera
Pidiéndole que me sacara una foto
Con mi vieja Nikon reflex
De cuerpo entero y sonrisa beatífica
Solo hay que apretar el botón.


Traducción: Mariano Fiszman



Serge Delaive vive en Lieja, Bélgica, donde nació en 1965. Publicó libros de poemas, novelas y ensayos. Estos poemas son de Les jours (2006) y Art farouche (2011), editados por De La Differénce, París.

29.5.17

La sexualidad de Gabriela Sabatini, por Vicente Luy



En la final del mundial 86
Argentina arrugó.
No me quería morir sin decirles
que
CLARÍN sacó una nota
sobre la facultad de olvidar
negar hacer desaparecer
ciertos hechos.
     Por ej:
la sexualidad de Gabriela Sabatini.
     Por ej:
un tipo te violó 2 veces la misma semana
y sólo te acordás de la 1ra.

Ese día era para meterles muchos
y terminar con el mito del fútbol teutón.
Pero el miedo pudo más.
Y con los ingleses igual.
Los pobres no pasaban
la mitad de la cancha
y nosotros solitos nos fuimos p/atrás
y nos colgamos del travesaño.
Y ganamos.

Pudo ser gol de Valdano
pudo haber quedado como el equipo
más gallina de la historia
pero el Burru dijo
YO.
Qué jugador el Burru! Me acuerdo
cuando apareció en Independiente
una copa que ofrecieron con el Bocha.
¿Qué digo?
Que la historia la hacemos nosotros;
son convenciones.
Y que se puede ganar con miedo
y que el pueblo es de derecha.
     Ejemplo:
¿Te hacen falta + ejemplos?



Tomado de: Vicente Luy, La sexualidad de Gabriela Sabatini, 2006

20.5.17

Trocha en la maleza, por Alejandro Cesario


La poesía de Jorge Quiroga nos lleva por distintos trechos, pero siempre está el recuerdo, el barrio, la calle, la voz y el brillo de la infancia. “Pero el aroma de la tierra nos envolvía en la riqueza de la tarde”.

El que recuerda difícilmente aparece y cambia un lugar por otro”, así comienza Cuaderno nocturno, su primer libro de poemas. Quiroga nos lleva en todos sus libros por esta misma senda, ya que en su obra hay un mismo trazo, claro, que con distintos brochazos del lenguaje. El lenguaje va creciendo, se pone en juego un tono que se aleja del facilismo de las palabras, pero los recuerdos siguen, las imágenes se profundizan, se tornan poderosas, llenas de emoción, “salimos entonces a la vereda donde nos esperaban los amigos cansados de entender tantas horas de silencio”, “el éxtasis que rodea la piel brota, / levanta una caricia…”. 

Hay dolor, mucho dolor: “pensando / donde la nada excluye el paisaje, /lejos de la superficie / en un desierto quebrado / sin ver lo que se muere”.

El que recuerda, poesía completa de Jorge Quiroga, propone un periplo de lectura por la ética, “no hay luz en ningún cuarto / y sin embargo oye ruidos / una densa oscuridad / lo rodea, / la ceguera de los que olvidan”. Por la extrema fidelidad a la palabra, a la política, porque también hay política en la poesía de Quiroga, sus ilustraciones poéticas pintadas con el lenguaje visceral de las palabras, muchas de ellas escuchadas en las entrañas del barrio.

La voz de Marta, un libro que deslumbra (entre otras cosas) por su falta de caridad, porque no hay caridad, “escucho tu voz, cada vez que en la casa / se espera la llegada del día / y por los vidrios del patio / entra la luz”, lo que hay es una poesía llena de amor, que gime, que grita, que no nos deja ausentes ante la lectura: Marta carraspea y se da vuelta / en la cama / su cuerpo es tibio”.

De Escenas del barrio, cito un poema: En el ocaso del barrio / las mismas luces que tiñen las paredes / de un color nostálgico / parecido  los seres abandonados / se van”.

Quiroga sigue buscando, continua buceando en las vísceras del dolor, de la nostalgia (nostálgico escribe él, hermosa palabra). Huella que nos da la lucidez para nuestra desesperación y por qué no, una alegación para nuestro hálito, “cuando un cuerpo respira al lado”.

La poesía de Jorge Quiroga es la trocha que se abre en la maleza.


06/05/2017

11.5.17

Galería Oxxo, por Sisko



El bus se va. Son las tres de la mañana. Estoy al costado de la ruta en las afueras de una ciudad que desconozco. Solo el cartel luminoso de un Oxxo rompe la monótona oscuridad.

Camino hasta la tienda y entro, lo mejor va a ser esperar al día acá. Saco un café de la máquina -el más barato- y me siento a beberlo en el único lugar del mini mercado destinado a tal efecto: una pequeña barra de granito con dos taburetes atornillados, ubicada en un rincón del negocio. Frente a mí está  está parte del estacionamiento, que solo logro ver con dificultad, pues el contraste lumínico convierte al vidrio en una suerte de espejo.

Lo que sí puedo ver con más claridad –y sin necesidad de darme vuelta- es el interior del local: tiene unos 50m2 y está iluminado por potentes luces blancas. Exceptuando a esta pequeña barra y a una puerta trasera con letrero de “solo personal autorizado” todas las paredes están cubiertas de estantes rebosantes de comida chatarra o de heladeras con bebidas industriales. En el espacio del medio está el mostrador y a su alrededor se aprietan varias góndolas con más comida envasada, algunas revistas pelotudas, chanclas de colores, gafas, productos de librería y más cosas por el estilo. Cerca, justo detrás de mí, está la máquina automática de café.

La verdad es que quisiera esperar al día leyendo pero al único libro que tenía (lo había robado ayer mismo) me lo olvidé en el micro. También podría intentar entretenerme un rato con el celular pero no tengo batería y cargarlo cuesta diez pesos que no estoy dispuesto a gastar. Asique no me queda otra, tengo que escribir para matar el tiempo. Saco el cuaderno y pienso en que puedo escribir (en una de esas escribo ese cuento genial que siempre sueño escribir pero que nunca escribo. En parte, porque suelo rendirme de antemano, como seguramente voy a hacer ahora) pero no se me ocurre nada. Apelo entonces a la escritura (semi)automática. Cómo en un juego describo todo lo que veo en mi vidrio-espejo.

Veo a dos jóvenes mexicanos bien afeitados y peinados, algo regordetes. Trabajan silenciosa pero constantemente apilando productos en las góndolas e ingresando los códigos de barra en la computadora. Los dos usan remera roja con cuello y puños amarillos y pantalón negro. No hablan entre sí.

Ahora entra un cowboy, sí, un cowboy. Lleva camisa a cuadros blanca, azul y verde, entallada. Pantalones de jean más entallados aún y sobrero y botas blancos haciendo juego. También es moreno pero delgado. Usa un bigote prolijo. Compra un six pack y un paquete de palomitas para el microondas, paga en efectivo. Cuando sale pego mi nariz al vidrio y lo veo subir a su monstruosa Ford Ranger.

En ese momento me distrae la entrada de otro hombre que por un momento parece atravesar a la camioneta del vaquero como un fantasma. Es bajo y panzón, tiene un andar cansino. No vi en qué vehículo llegó, si es que llegó en alguno. Va directo a la heladera de las Coca-Colas, toma una lata y luego un enorme paquete de totopos. También paga en efectivo y sale.

Mientras, del otro lado del vidrio, mezclándose con los snacks y gaseosas que están a mi espalda, veo llegar a un gran camión con el nombre de la tienda escrito a los costados. Bajan de él cuatro hombres, todos visten un uniforme muy similar al de los muchachos que se mueven detrás de mí. También son morenos, regordetes y están perfectamente afeitados. Al principio pienso que van a comenzar a bajar mercadería pero no. Entran, saludan de lejos a los jóvenes que no cesan en su repetitiva labor y van directo a la máquina de café. Comienzan a beber cafés y capuchinos mientras comen tortas de jamón o panquecitos Bimbo. También hojean revistas deportivas o del corazón. Cada tanto cruzan algún comentario. Son tan parecidos entre sí y en su forma de moverse que parecen ser todos un mismo ser, una suerte de organismo policefáleo engullidor. Se quedan solo por unos minutos, pero es suficiente como para terminar sus tortas y agarrar unas latas de Red Bull y papas fritas con chile para el viaje. ¿Ellos también pagan? Sí, claro, Mr. Oxxo factura las veinticuatro horas y sin excepción.

En la puerta se cruzan con un chavo que parece impaciente por entrar –por salir de la oscuridad-. Es algo obeso, de andar pesado, su expresión parece denotar concentración o, quizás, alguna preocupación. Usa unos pantalones de jean anchos y una playera de los Houston texans. También  lleva puesta una gorra con la visera hacía atrás cuya parte de adelante puedo ver cuando pasa justo por detrás de mí. La gorra dice: Dump Trump y tiene el dibujo de un pedazo de mierda con una extravagante peluca rubia. Compra una botella grande de Coca-Cola light, chocolates Herksey y unos M&M, paga en efectivo. Cando sale me parece percibir un leve gesto de satisfacción en su rostro pero las luces de un auto que llega me borran de golpe al muchacho y solo me dejan ver el exterior.

Se trata de un robusto Dodge Challenger negro, de aspecto fantasmal y con paragolpes reforzados y sirena. Cuando se  apagan las luces del auto baja un “poli”, entra en la tienda. No me mira ni saluda a nadie, solo muestra de lejos dos vasos de café vacíos al chico de la caja. Quiere indicarle que va a tomar dos cafés de la máquina. Creo que opta por dos capuchinos de canela extra grandes. También toma dos sorbetes –aquí les dicen popotes- y varios sobres de azúcar. Se va sin saludar y –vaya excepción- sin pagar.

Aunque con algunos matices esta escena básica se repite una y otra vez, la gente sigue entrando y entrando, comprando y comprando. Pocas veces la tienda está vacía y por momentos –pese a la hora- se forma una pequeña fila frente a la caja. En general se trata de hombres solos que no se relacionan con los otros clientes ni exteriorizan otra ambición que la de comprar. Casi siempre son obesos y están prolijamente afeitados. A muchos los imagino volviendo a sus casas apurados por sentarse otra vez en el sofá,  frente a la computadora o la tele, para seguir viendo Netflix o Youporn, comiendo los pedazos de satisfacción embazada y fugaz que compraron.  Y quizás me quedo corto, quizás solo van a conducir hasta el próximo Oxxo y repetir otra vez, en otros vidrios, la misma rutina estéril, sin fin. Me cuesta entenderlos ¿Son así todas sus noches? ¿Acaso no tienen otra cosa que hacer?

Mientras anoto y reflexiono sobre estas cosas llega el día. La claridad crece afuera y mi espejo pierde su magia. Ahora no es más que un vidrio sucio a través del cual puedo ver la ruta desolada y el margen de la ciudad. Giro para poder ver el interior del local directamente y entonces noto, por primera vez, una pequeña cámara colgada del techo que apunta hacia mí. La posibilidad de que alguna persona pueda haberme observado sin que yo lo supiese  me turba e inhibe. Imagino un hipotético espectador pensando: Aunque con algunos matices esta escena básica se repite una y otra vez. Hombres solitarios y aburridos se pasan la noche escribiendo en sus cuadernos ¿Acaso no tienen otra cosa que hacer?



2.5.17

bambú y ombú, por Manuel Alemian




1/ (Nunca serás gris)

Hay una hormiga
roja
que lo pica
en la lengua.

Hay una morcilla
que troza
y le cae mal.

Hay una demonización
en su propio concepto.

Hay dos guitarras
en su lar familiar
que pudo
y no supo pulsar.

Hay tres guitarras
mientras comía
temor y fe.

Hay amor,
por supuesto,
si no por qué.

Hay una llanura
donde está el ombú,
y en un valle
el bambú.

Hay un camino
de tierra
y un sendero
de piedra
similar.

Hay que dar
indicios

Hay que usar palabras
así,
como cosas,
como las letras,
como la amargura
que se va,
vuelve
y se va.

Hay que desnudarse,
sacarse la piel
aunque se pierda el olor,
el aroma
perfumado
de bambú.

Hay que hacer las cosas
de una vez.

Hay que despertar,
ombú,
de la siesta.

Hay que pedir
el cenicero
a la moza
que tose:
“por vos,
por lo que te hace
a vos”.

Hay que aclarar
la confusión
del corazón,
de la cabeza
los errores.

Hay que aceptar
que falta filo,
el sencillo no alcanza
ser cursi
y sentimental.

Hay un runrrún:
que el ombú
está chapa.


2/ (bambú debe tener el amor de ombú)

Si me muestro
en mis cicatrices,
en vos
me ahogo
en un llanto
que no inhibe
lo que amo
hoy,
ayer y mañana.

Si un rato
soy optimista,
otro rato pesimista.
Si entre un rato
y otro
pasa un hilo
de caña
de bambú...

Si me pierdo
en los colores
de la paleta,
no escucho bien
lo que me dice,
igual me esmero.

Si no todos
los pájaros duermen
de noche,
ombú.

Si la veo pasar
y no es ella,
no es nadie,
es un pensar,
un pesar.

Si se pierde de vista
la línea,
la línea de bambú,
ya no hay referencia,
me seco,
me seco.

Si fuera imposible
amar demasiado...

Si lloro
y soy feliz
soy pleno
y broto.

3/ (Amarte me hace amarte)

Ay, mi Misha!

Ay, bambú,
ay, ay, ay!


4/ (Equipaje para tu viaje)

Escucho solamente
una música
que no entiendo
pero viene
de tu lado.

Sino ver
a través del futuro.

Astrakán
me da escalofríos.

Bambú
pinta
con el aliento.

 “Hola siempre hola,
nunca, nunca chau,
mucho mejor!”.

Sí, es cierto
que me cuesta,
que a veces no sale
o sale mal
lo que escribo.
No obstante
sigo,
te amo
y te escribo.

Movimientos
en un terreno limpio
-arrasado-,
fértil.

Ella hizo el duelo
dibujando.

Movimientos:
se vuelve
a creer
en la imaginación.

Día de otoño,
el aire fresco
a frío,
qué digo!,
no conocemos
juntos el frío.

Duermo
y me armo,
a veces no,
me desmayo
y lloro.

La verdad
que soy,
eh?

Malestar
o bienestar…
son como la mise en scène
de un mundo
de ficción.

Palabras
dadas,
seis gorriones,
palomas,
palabras,
palomas,
un té
verde.

Te enseñaré a manejar
ahora, hoy,
ya.
Asomate a la ventana,
jajaja!

Peces
en el estanque
que miramos al pasar.

Hay dos personas
solamente:
la positiva, la libertad.

5/ (Kit de acuarelas)

Siempre pinto
con mi kit
de acuarelas de bambú.

Me informo
sobre el clima
en Astrakán.
Me acuesto.
No duermo.

Cae la tarde
y mi vista mengua;
crece la ilusión.

La pasa a buscar
bajo una lluvia torrencial
a la salida
del doctor.
Ella está bien.

En un momento pensé
que me odiabas.
Nunca me lo voy a perdonar.

Quiero que llueva.
Me gusta mojarnos
al caminar a la par.

El tapado negro,
largo,
que te quiero regalar:
$ 1.900.-

Tomado de: Manuel Alemian, bambú y ombú, Ediciones Marfil Seda, Buenos Aires, 2012.-