22.12.14

La forma, por Sofía Gonzalez Bonorino



Aquella mañana, a punto de afeitarse, Marcos Bixio vio en el espejo algo raro sobre su mejilla izquierda.  No era un lunar. No. Acercó su cara y pasó el dedo índice por la pequeña protuberancia rosada. Cáncer, pensó.  La palma de su  mano derecha, llena de espuma de afeitar, quedó paralizada en el aire. El corazón aceleró sus latidos y se le subió a los ojos. Vio los objetos que lo rodeaban como si fueran de humo. Por un momento, Marcos sintió que flotaba en una nube, víctima del éxtasis doloroso de un condenado a muerte. Le pareció que habían pasado siglos hasta que sus ideas volvieron a ponerse en movimiento. Tomando una súbita determinación, salió del baño, se vistió de cualquier modo y, sin desayunar, como era su costumbre, bajó corriendo las escaleras, demasiado impaciente para esperar el ascensor.

En el taxi, consultó su agenda. A Riobamba y Córdoba, ordenó. Tocó el timbre. Una secretaria le abrió la puerta. El doctor Suárez miró el bulto con una lupa y no dijo nada. Luego, le sacó una radiografía. Cada vez más alarmado, Marcos esperó sentado en la camilla. El doctor estudió la lámina a través de un foco.

–Estoy desconcertado –habló por fin–.  Esto en realidad es… Nada.
Balbuceó unas palabras y se quedó en suspenso.  Ante el silencio de Marcos, aclaró:
–Piel por fuera, es cierto, pero por dentro, ejem…
Y luego, como si estuviera blasfemando, dijo con rapidez: 
–Por dentro hueco…  Me entiende?... Como un globo.
–Y ¿qué se puede hacer? –la voz se le quebró como si fuera a llorar–.  Es que, doctor, hay otro problema muy grave que tengo que decirle… ¡Crece!
Suárez puso cara de no entender.
–¡Crece! –repitió Marcos–. Esta mañana apenas sobresalía y ahora… Usted mismo puede verlo…
Dejó caer la cabeza entre las manos.
El doctor lo palmeó en la espalda.
–Vamos… No se desanime. Usemos el sentido común. Si esto es como un globo, tal vez, si lo pinchamos…
La cara de Marcos se iluminó:
–Sí, sí, ¡pinchémoslo!
El médico apretó con sus dedos una jeringa con una aguja muy larga.
Marcos cerró los ojos.
–¿Duele?
–No –murmuró.
–Probemos nuevamente: uno…dos… ¡Ya!
–¿Explotó? –preguntó Marcos esperanzado.
Tardó en responder:
–Se resiste.
Y luego, con resolución:
Mire, si esto apareció, por algo será.
Mientras hablaba, había acercado la lupa a su objeto de estudio.
–No está en su naturaleza desaparecer –sentenció–.  De apariencia anormal, tiene su propia lógica interna.
–¿De veras? –preguntó Marcos haciendo un esfuerzo por olvidar su angustia y tener una mirada un poco más analítica sobre el asunto.
–Yo le diría….
Marcos vio que dejaba la lupa sobre el escritorio y se sacaba los guantes quirúrgicos. Asunto concluido, alcanzó  a pensar con pánico.
–Yo le diría que vaya a su casa, se tome un tranquilizante, y comience a pensar que será necesario aprender a convivir con esto.  Posiblemente crecerá más. Pero a usted…  ¿Qué le importa? ¡Déjelo, déjelo que haga lo que quiera! –exclamó cobrando nuevas energías– porque de todos modos, nunca va a crecer lo suficiente como para anular sus verdaderos rasgos. Usted seguirá siendo quien  es… ¡Eso se lo aseguro!
Y lo miró de un modo tan penetrante que Marcos sintió oscuramente que debía darle las gracias por la buena noticia.  Esbozó una sonrisa de compromiso. Pero le temblaban los labios y dejó escapar unos débiles quejidos.
–Sobre todo –Suárez impartía las consignas– le recomiendo  que no ande lamentándose por ahí. Esto no existe.  Clínicamente es una ilusión óptica.  No debería estar donde está ni ser lo que es.
–¿Me comprende? De hecho –concluyó– lo que estoy viendo no es más que apariencia.
–¿Le parece?– Marcos se sintió culpable.
–¡Claro, hombre! –dijo el otro con jovialidad acompañándolo hasta la puerta.

Cuando regresó a su casa, su mujer todavía dormía.
–Sonia –la sacudió –Sonia.
Ella se incorporó sobresaltada.
–¿Qué pasa?
–Sonia, me voy. Te dejo.
Marcos abrió las cortinas y sacó una valija de abajo de la cama. Sonia lo miraba como atontada, sin pronunciar palabra.
–Y no quiero que me digas nada –decía Marcos exaltado– No intentes disuadirme porque mi decisión es inquebrantable.
–Pero ¿por qué?
Ella salto fuera de la cama y prendió un cigarrillo.
–No es por vos –dejó caer unas camisas al suelo– Sabés que te amo de verdad.
La abrazó. La empujó de repente. Levantó las camisas y las acomodó con torpeza dentro de la valija.
–Marcos, qué pasa –gritó Sonia aterrorizada.
–¡Esto, esto pasa!
Se palmeó furioso la mejilla. Qué, qué pasa, repetía su mujer como una autómata. Él la arrastró a la ventana y de cara a la luz le dijo:
–Aquí, mirá con atención.
Ella miró hacia el lugar que Marcos le indicaba y luego lo miró a los ojos.
–Marcos, ¿te volviste loco?
Parecía enojada.
–Pero ¿no lo ves?
Corrió hasta el espejo del baño. Sí, ahí estaba. Sonia, la llamó. Ella apareció en el marco de la puerta.
Él le tomó un dedo y se lo pasó por la mejilla. La mujer puso cara de curiosidad.
–Sí… un lunar.
–No. No es exactamente un lunar.
Sonia pareció perder interés.
–Bueno, una especie de lunar –dijo poniendo énfasis en la palabra especie. Y luego, con ironía:
–¿De veras te vas?
–Pero Sonia… ¿No te doy asco? ¿Acaso creés que voy a someterte a la tortura de tener que contemplar cada día esta cosa inmunda en mi cara?
–A mí no me importa –contestó ella con rapidez–. Claro… me preocuparía si fuera algo serio.
–Si es por eso, quedate tranquila.  Acabo de venir del médico.
“No te importa”, pensó con rencor, “Total… el que tiene la cosa soy yo”.
De golpe se sintió muy cansado y fue a sentarse en el borde de la cama.
–Esto es el fin, Sonia. Ya no soy el mismo. Y tengo la sensación de que nunca volveré a ser el de antes.
–Qué absurdo.
–Si seguimos juntos, dentro de muy poco, sin que te des cuenta, la conciencia que tengas de este engendro en mi cara se va a interponer entre tu mirada y yo.  Quedaré afuera –dijo en tono melancólico– o lo que es peor, reducido a un punto.  Al punto preciso que ocupa esta cosa en el espacio.
–Estás loco– Sonia se echó a reír.
Estuvieron callados largo rato.
–Así que creés que el amor que siento por vos depende de un estúpido grano en tu mejilla.
–No es un grano –dijo él, un poco resentido por el comentario.

Típico de ella, pensó. Esquivar, hábilmente, el simple hecho de que él sufría para transformar este sufrimiento en una cuestión mental. Marcos pensaba que este tipo de artimañas verbales tenía por único fin excluirlo. Sin embargo, cuando Sonia le dijo que no existía mujer en el mundo que lo pudiera amar como ella, él supo que no tendría fuerzas para abandonarla. Fue tiempo después cuando comprendió, con algo de vergüenza, que sólo deseaba un poco de compasión. ¿O acaso no se había vuelto de un día para el otro un hombre marcado? “En unas semanas cumpliré cuarenta”, se decía. “Supe ser uno más en la marea humana, dejando muchas veces mi cuerpo a la deriva, desentendiéndome de la adormecida conciencia de mis miembros, de actos tan rutinarios como abrir una puerta, entrar en un bar, sentarme a la mesa, llamar al mozo y pedir un café. Como si mi cuerpo, amarrado a lo cotidiano, realizara para mí las tareas más enojosas y me diera tiempo para descansar de la costumbre”. Ahora, todo era diferente. Ya no sería posible para él quedarse rezagado, bien al fondo de los pensamientos, confiado al cuerpo, como esos borrachos que después de la orgía se trepan al caballo y se abandonan al sueño, seguros de que el animal los va a saber llevar de nuevo a casa.

Sí, ahora su cuerpo le era ajeno, de pronto desconocido y como fuera de su control. Las caras de asco de los otros, porque, ya lo había comprobado, la cosa cambiaba constantemente, yendo desde el azul violáceo a través de toda una gama de colores hasta la tonalidad exacta de su piel. También variaba de tamaño. Días en que parecía dormido y era como si se encogiera. Días funestos en los que, lleno de vitalidad, crecía hasta ocuparle la mejilla entera. Momentos de verdadera agonía en que se inflamaba hasta el punto de parecer explotar. En fin, ahora para Marcos el simple hecho de abrir una puerta era como prepararse para la batalla, y el mundo se pobló de enemigos a los que enfrentaba a veces con verdadera temeridad pero en general, reconocía con desaliento, prefería andar entre ellos camuflado. Así, al ver que la barba no servía a sus propósitos, durante los primeros tiempos se envolvía con gorra y con bufanda mientras se dejaba crecer el pelo, y cuando llegó el verano, tenía una melena considerable que le resultaba muy eficaz, sobre todo si ponía en ejecución ciertos movimientos de cabeza que ya tenía estudiados después de horas y más horas frente al espejo.

Muchas veces había intentado hacer a Sonia partícipe de sus angustias. Pero ella lo miraba como si nada hubiera ocurrido. Y al sentir esa mirada ausente sobre él, Marcos veía morir todos sus impulsos de confidencia casi en el mismo instante en que se generaban. Cuando, a pesar de todo, él no podía evitar comenzar a hablar de su pena, al percibir ella en el tono de su voz cierta queja, preludio de una confesión desesperada, salía huyendo hacia zonas más seguras, zonas en las que sería importante pintar las paredes de la casa o pasar las vacaciones en el norte.

Marcos se enroscaba sobre sí mismo lleno de un dolor que, se había dado cuenta, era preferible disimular tras parloteos convencionales. Porque, lo supo bien pronto, en caso de seguir insistiendo y obligar a Sonia a escucharlo, ella se lo haría pagar con comentarios hirientes sobre su persona, “Qué espanto ese pelo” o “Estás hecho un monstruo”. Sin embargo, había ocasiones, contadísimas veces, en que ella se distendía y parecía dispuesta a escucharlo. Y cuando él –sintiéndose un criminal, un asesino de la felicidad de ella, que seguramente ponía esa cara plácida de escucha por puro sometimiento– cada vez que comenzaba: “Ya no lo soporto, no puedo trabajar, no puedo pensar en otra cosa que en esta deformidad, pero por otro lado, mi amor, esto de estar obligándote a escucharme”, ella, luchando por mantener los ojos abiertos y conteniendo un bostezo, le contestaba con suavidad: “No te preocupes por mí , querido, vos quejate,  quejate todo lo que quieras, te juro que no me importa”.

Mientras tanto, su vida se había convertido para él en una gigantesca bolsa de basura. La cargaba sobre sus hombros asqueado por el hedor de una existencia que se le antojaba en vías de descomposición. Tal vez por eso, le espantaba la compañía de los otros. Abandonó su trabajo en el estudio de arquitectura y comenzó a importar materiales de construcción, tarea muy afín con su nuevo estado, ya que para realizarla no había necesidad de salir de casa. Montó su oficina en el cuarto de huéspedes. Al fin libre, decía para darse ánimos. Esto es mucho mejor que soportar a un jefe.

Frente a su escritorio, un espejo oval estaba ubicado en el lugar exacto en que Marcos, al levantar los ojos, veía su cara reflejada. Y a pesar de que el teléfono no paraba de sonar, él siempre tenía tiempo para encontrarlo, allá, a unos pocos metros, sorprendiéndolo con sus variaciones de color o de tamaño. Y el asombro lo hacía exclamar en voz alta: Ese soy yo. Observaba con pena su cara manchada, porque así, de lejos, aquello parecía plano, y sólo al acercarse al espejo comenzaba a tomar volumen.

Una mañana, no habiéndole quedado más remedio que salir a la calle, vio en la vidriera de una joyería el reloj con que su mujer soñaba desde hacía meses. Cuando se encontraba pensando cosas así, Marcos se reprochaba su debilidad. Estaba harto de pagar tributo para ser escuchado.

La vendedora envolvió el reloj en papel de seda. Levantó la cara del paquete y le sonrió con amabilidad. Marcos sintió como un golpe en el pecho. Se tambaleó. Lo que veía no podía ser real. Ese bulto repugnante en la cara de la mujer… Esa cosa no debería estar ahí, pensó con desesperación. Como en cámara lenta, levantó la mano izquierda hacia su mejilla. Le pareció una eternidad el tiempo transcurrido hasta que dedos constataron que, efectivamente, allí no había nada. Nada.

–Señor, ¿se siente bien? –preguntó intranquila la vendedora.
Marcos le dio la espalda y salió a los tropezones del negocio.
Una vez en la calle, comenzó a correr. Cada tanto, volvía a tocarse la mejilla, y al encontrar que sus dedos se deslizaban suaves, en una superficie sin obstáculos, sentía una alegría tan inmensa, que detenía su carrera. Estaba eufórico. Gritaba, se reía solo, daba grandes saltos en el aire. Luego, como si un peligro lo amenazara, volvía la cabeza para asegurarse de que nadie lo seguía, y continuaba corriendo.

Ya en su casa, se encerró en el estudio. Estuvo en suspenso durante el resto de la tarde. Se sentía como un hombre que ha perdido la memoria y que no sabe nada, sólo que espera. Trataba de evitar el espejo. Habló largo rato por teléfono. Al final, se dio por vencido. Descolgó el tubo y acercó su silla a la pared. Sin poder apartar sus ojos de la imagen que tenía frente a él, fue dejando pasar el tiempo, inmerso en la conciencia de que eso ya no estaba más. Estoy limpio, se repetía, estoy limpio. Pero un sentimiento vago comenzaba a tomar forma dentro de él. ¿Acaso la terrible modificación que había transformado su vida era una ilusión, tal como dijo el médico?  Supo confusamente que se sentía estafado. Ojalá Sonia no se dé cuenta, se sorprendió pensando. Imaginó su cara burlona y el brillo de triunfo en sus ojos al decirle: “¿Te convenciste ahora? Tu problema es creer que tenés el monopolio del dolor. Pero ya ves… no era nada”. Trató de borrar esos pensamientos. Y para despejar su mente:
“Asquerosa prolongación de carne de textura parecida al buche de una gallina”.
“Protuberancia brillante como el ojo de un ciego”.
“Hinchazón de contornos caprichosos y suavidad artificial”.
Y así, frente al espejo, continuaba con sus definiciones, que nunca alcanzaban la imagen perfecta del ausente. Y por más que intentaba lo contrario, cada una de sus ideas convergía en aquello que había salido volando de su mejilla para posarse, como una mariposa, en la mejilla distraída de otra persona. De pronto, en medio de una intensa alegría, pensaba que ahora sí podría volver a su antigua vida de colegas y de viajes, pero esto, inevitablemente, le recordaba el doloroso pasado de renuncia, de encierro, y como si querer entabló un diálogo apasionado con el culpable de todo. Hablaba en voz alta levantando un dedo acusador hacia el espejo,  la mirada detenida en el páramo gris de su mejilla.

Esa noche, Sonia le preguntó qué le pasaba, por qué estaba tan silencioso.
–No me ves diferente –dijo él con timidez.
Ella lo miró a los ojos y contestó que no, que tal vez sí, que hoy estaba más buen mozo.
Al día siguiente, después de hacer una última llamada antes de almorzar, guiado por la costumbre, Marcos se miró mecánicamente en el espejo. Y vio que la cosa estaba de nuevo en su cara, más grande aún de lo que recordaba y de un color más brillante que el que guardaba su memoria. Entonces Marcos lloró como un chico, con la cara entre las manos. Y supo con horror que, más allá de su desesperación volvía a ser un hombre de certezas.
Lo de la vendedora fue el comienzo de una serie de pérdidas y, para desgracia de Marcos, de reencuentros cada vez más melancólicos con su forma deforme, como se acostumbró a llamar a esa masa compacta, porque “De hueca no tiene nada”, decía a quien quisiera escucharlo. “Nadie conoce como yo a esta flor de artificio”.
–¿No cree usted que se está pareciendo a una flor? –le preguntó una tarde a una chica en la parada del colectivo cuando se dio cuenta de que ella no le sacaba los ojos de encima. A Marcos le pareció muy atractiva con esa ropa que usaba: minifalda, plataformas de charol,  y pesadas cadenas alrededor de su cuello. Enseguida se sintió cercano a ella, tal vez por el colorido tatuaje que llevaba con orgullo en medio de su frente. La chica acercó su cara a la mejilla de Marcos y sin disimulo se puso a observar la forma de su deformidad.
–Sí –dijo con entusiasmo–. Se parece a una flor.
Y se miraron los dos. Ella, con expresión fascinada. El, adorándola mientras pensaba en medio de su confusión que tal vez esa mujer le daría una pista… Sí, ella sabía… A ella le gustaba su forma. ¿Podría él a través de sus ojos aceptarla también, aceptar incluso la posibilidad de un abandono definitivo? Porque lo cierto era que últimamente la cosa se iba con una frecuencia alarmante. Solía regresar pronto, pero ese lapso a Marcos se le hacía eterno. Su vida, tal como era, ¡dependía tanto de esa presencia en su cara! Porque si desaparecía- él solía imaginarlo en noches de insomnio- volvería a vivir como antes, a disfrutar de la vida, a…
–Adoro ese brillo como de otro mundo- decía la chica pasándole el dedo con suavidad-.  Ese brillo sólo lo otorga la naturaleza. Sería inútil tratar de imitar…
No… No debo ilusionarme. Tendré que soportar esta carga por el resto…
–¿Le parece que será posible la invención de tatuajes con relieve?- le preguntaba ella con gran interés.
No tomaron el colectivo. Tenían tanto para decirse que decidieron ir a un café.  Dijo que se llamaba Irene. Le habló de su terrible miedo a la muerte, él, que no soportaba el tema, ella toda compungida, él: “No, no me malinterpretes, viniendo de vos…”  A ella  se le ilumina la cara, él,  emocionado de haber revelado tan impulsivamente ese amor loco, como si la conociera desde siempre, pensó, qué linda es, y cuánta pasión pone en lo que dice, sobre todo cuando se refiere a mi forma deforme. Marcos sentía que ya no podrían separarse. Ella sentía lo mismo. Dijo:
–Esta noche voy a hablar con mi novio.
Y él:
–Hoy tendré una charla con Sonia.
Sonia escuchó impasible cuando Marcos le anunció que la dejaba. Su expresión no se alteró frente a los desbordes de amor de su marido por la desconocida. Lo único que pareció afectarla fue la edad de la chica.
–¿Tan joven es? –preguntó dando un gemido.


Marcos se entregó a un idilio desenfrenado. “Como en las novelas”, decía Irene. En el pequeño departamento que alquilaban, el amanecer los sorprendía después de una larga noche de conversación, de tomar ginebra, hacer el amor, y comer queso fresco.

Y de tanto hablar de lo mismo, él empezó a olvidarse poco a poco del  asunto que le preocupaba, como si al intentar nombrar de tantas y diversas maneras a esa cosa sin nombre, el objeto real perdiera consistencia. Ahora sí, cada vez más, pertenecía al campo del ensueño.

Hasta que cierta tarde, cuando iba a esperar a Irene a la salida de la facultad, un pordiosero se interpuso en su camino y le dijo en tono amenazante:
–¡Esos zapatos son míos! –y apuntó con el dedo los pies de Marcos.
Marcos hizo como que no había escuchado y trató de esquivarlo, pero el hombre se le puso enfrente, tan cerca que pudo sentir el olor a alcohol que despedía su boca.
–¡Son míos, míos! –gritaba como un demente al ver la resistencia de Marcos a sacarse los zapatos.
Marcos miró a su alrededor. Ningún policía. Algunos curiosos se habían detenido y observaban con diversión el forcejeo de los dos hombres.
–¡Que alguien me ayude a sacarme este loco de encima! –gritó Marcos, a quien la idea de golpear a un linyera le repugnaba.
–Loco serás vos –le dijo el otro llenándolo de saliva.
Un taxista se bajó del auto y logró separar al harapiento que se había prendido con los dientes a los cordones de los zapatos de Marcos.

Cuando llegó a la facultad, Irene corrió a su encuentro y al lanzarse a sus brazos, dio un alarido. El no necesitó preguntarle qué pasaba.  Supo al instante que el pordiosero se había llevado su forma.

Después, empezaron los días de angustiosa incertidumbre. “En cualquier momento vuelve”, se decía Marcos entre la felicidad y el pánico.

Irene, por su parte, se hundía sin remedio en el silencio.

Las noches se hicieron cortas. Apenas se metían en la cama, en el momento mismo en que Marcos estiraba la mano para la primera caricia, ella se daba vuelta y entre bostezos murmuraba hasta mañana. El veía la curva de su espalda y sentía el cuerpo de ella tibio contra su costado. Era época de lluvias. En medio de la oscuridad, boca arriba, Marcos, inmóvil, con los ojos abiertos miraba el techo, en donde como en una pantalla, las luces de algunos departamentos, allá afuera, proyectaban la sombra de la santa rita que crecía enroscada a las rejas de la ventana del cuarto. Y en la negrura chata, ese cuadrado luminoso en el que se plasmaba la imagen retorcida de los tallos y la fúnebre quietud de las hojas y los pétalos. De tanto en tanto, el trueno, y la respiración de ella que no se alteraba, se oía apenas, mezclada con el ruido fresco de la lluvia. Después, ese instante en que Marcos se encontraba pensando de nuevo en el ausente. Y aunque quería pensar en Irene, “Qué le pasará, ya ni siquiera me mira”, el recuerdo del pordiosero lo atormentaba de tal manera que él, que nunca pensaba en la muerte, se encontró en esas noches solitarias poseído por terrores que creía venidos del más allá, mensajes de algún demonio cuya clave estaría en el mendigo. Porque Marcos intuía que esta vez era diferente. Su forma no había regresado aún a casa. El enigma es el pordiosero, sostenía en esos diálogos interminables consigo mismo. A veces, un escalofrío lo sacudía. Y es que había creído ver, dibujados en el techo, los rasgos tenebrosos del linyera sin zapatos. ¿Quién era? ¿Cuál era su nombre? Lo había buscado sin descanso por la ciudad. Marcos supo que iba perdiendo las fuerzas en esas arduas caminatas que comenzaban al amanecer, cuando, muerto de frío, se acercaba a cada una de las sombrías figuras agazapadas bajo los portales de las iglesias. Como la de esos hombres, su piel también se pegó a los huesos,  y en su cara, fue tomando un tinte amarillento, para terminar hundiéndose después bajo los pómulos.
–Qué pena que no lo hayas visto vos también –le decía a Irene cuando se encontraban al terminar el día–.  Ya no sé bien a quién estoy buscando.
Y ante la indiferencia de ella, se reía nervioso.
–Hoy anduve por el sur…
–¿No trabajaste?
–¡Pero cómo querés que trabaje! Todo lo que me interesa es saber qué fue lo que pasó. Hace ya siete meses que…
Y se le quebraba la voz.
Parezco un cadáver, pensaba con tristeza mientras sumergía los pies llagados en  una palangana de agua tibia.
A ella también le daba pena. Eso creía Marcos cuando la veía fijar sus ojos en la cara de él. Y al sentir esa mirada marchita, se abría como un abismo en la nada de su mejilla izquierda. Entonces, él se prometía encontrar al pordiosero, para después vivir. Vivir en serio.
–Creo que ya no tenemos de qué hablar –le dijo Irene una mañana.
Y esa noche no volvió a dormir al departamento.  Al día siguiente, cuando Marcos regresó de la calle agotado de tanto caminar, encontró una nota: “Te quise mucho, pero ahora, no sé por qué, ya no te quiero”. Al poco rato, el dolor de Marcos se había transformado en  inquietud y momentos después, en una resignada nostalgia. Como sonámbulo, desplegó el mapa de la ciudad sobre la mesa y con un lápiz comenzó a dibujar el itinerario para el día siguiente, y para el otro, por las dudas, y el próximo también, quién sabe.

Lo importante era no claudicar. Mañana interrogaría a los vecinos de los barrios céntricos, describiendo la apariencia del prófugo, apariencia que, a esta altura –y esto lo mortificaba– tenía muy poco que ver con el modelo original, adornada como estaba, con todos los atributos del miedo.



Publicado inicialmente en Tokonoma 5, agosto de 1997.