19.9.12

Conversación con Bernardo Carey


(Jorge Quiroga y Javier Fernández Paupy)


BC: En esa época actuábamos de alguna manera un poco como grupo. Entonces nos debíamos las lecturas de lo que cada uno hacía solitariamente. Era un acontecimiento encontrarnos. Como supongo que hoy es para otros. Se trataba de encontrar la voz de cada uno, la voz “literaria”. Raramente hacíamos lecturas en voz alta como se hace entre la gente de  teatro. La lectura de una novela, un cuento, incluso un ensayo es lectura solitaria. Solitariamente el público va acceder a ella luego. Incluso se puede leer, habitualmente lo hemos hecho, en la soledad de un inodoro. La lectura en voz alta no era muy común entre nosotros.

JQ: ¿El grupo quiénes eran?

BC: Éramos un grupo desunido. Al principio Correas, Sebreli y yo. Pero con el tiempo se fue desgajando y éramos más bien dúos que hablaban ¿mal? de un tercero. Con Sebreli estoy alejado desde  hace  años. Y Carlitos está muerto.

JQ: Correas también estaba peleado.

BC: Bueno, Correas se peleaba con Juan José… yo cuando conocí a ambos los conocí a través de Adelaida Gigli, la ex mujer de David Viñas. Cuando los conocí, los conocí separadamente aunque Adelaida me los presentó como un grupo: Masotta, Correas y Juan José. Y yo los traté separadamente. Jorge Lafforgue se acercaba también a ese grupo, pero menos. O menos conmigo, quizás. Carlos, cuando yo lo conocí tenía una relación muy dramática con Juan José que presumía –yo presumía– una relación íntima previa entre ambos, quizás dolorosa. Se habían intercambiado cartas por ese motivo supuestamente amoroso. Sí, sí leíamos cartas, me estás haciendo acordar, cartas filosóficas, cartas como ensayos, cartas justicieras, cartas seguramente publicables más tarde, en un tiempo futuro. Quizás  escribían las cartas pensando no sólo en lo que había pasado entre ellos sino en una edición  póstuma, inmortal. (Risas).

JFP: Sebreli incluye una en sus Memorias, en el apartado que le dedica a Correas.

BC: ¿Incluye una? No me acordaba de eso. Yo creo que Juan José tiene cartas. Lo que pasa es que Juan José es ocultador, no creo que las muestre. Sí, eran cartas, eso sí, porque además yo era receptáculo de las cartas de los dos. De alguna manera, los dos me venían a leer la carta que le habían escrito al otro. Había una, esto era año 52 me parece… Una que… muy íntima… sí.

JQ: ¿Y Masciángioli?

BC: Tenía más contacto con Juan José. Con Carlos tenían pocas afinidades.

JQ: ¿Y la novela Los adolescentes de Masciángioli, está?

BC: No, tampoco la encontré en ningún lado, no pude leerla. Supongo que como Carlos hizo desaparecer Los jóvenes, Jorge dejó morir Los adolescentes. Ambos entraron en la edad de la razón.

JQ: ¿Tenés idea de qué trataba?

BC: No, no. Con Jorge sólo tuve siempre un trato distante, casi protocolar. Yo lo conocí a Correas en plena transición de ficción a ensayo filosófico. No hablaba de su escritura de juventud ni de las de otros. En ese momento, lo único que había publicado era este cuento “La narración de la historia” que  escribió un poco hinchado las pelotas porque había mucha gente, como Celia Durruty que le preguntaba ¿cómo es levantarse un tipo? Él mismo creo que lo dice en alguna parte. En ese momento estaba abandonando la literatura, cosa a la que retornó después porque Chanetton es posterior a eso. Estaba abandonando la literatura y al mismo tiempo estaba por reiniciar su carrera en Filosofía y Letras. Porque él había dejado la universidad más o menos en el mismo momento en el que la dejó Juan José… con la caída de Perón. Pero luego rebobinó su vida y se recibió y ejerció…

JQ: Habría que buscar esa novela de Masciángioli, por lo que dice Correas en el prólogo de Los jóvenes.

BC: No me acuerdo. La novela de Masciángioli que  recuerdo es El profesor de inglés que era también un tema homosexual, lo editó Fabril y fue un éxito de librería, digamos.

JFP: Este texto, Los jóvenes, ¿lo leíste muchas veces?

BC: Lo leí bastante. Consideraba admirable su estilo. Era como un modelo de escritura.  Me había gustado mucho. Después del proceso que tuvo en 1960 por “La narración”,  un día en mi casa, muy ceremoniosamente me dio Los Jóvenes como algo que a él no le quedaba ninguna copia y que me pedía que yo guardara. Nunca me explicó muy bien por qué, si era para que lo editara o era para que, simplemente, lo metiera en el fondo de un baúl, cosa que hice hasta después de su muerte.

JFP: ¿Nunca hablaron del texto?

BC: Yo no recuerdo haber vuelto a hablar de Los jóvenes. Él sabía de mi opinión acerca de la novela porque mi opinión era muy encomiástica, muy exuberante, muy fuerte. Incluso yo le recomendaba que la publicara. Por un lado, había que encontrar la fórmula. Porque con esta novela sí que lo metían en cana. Hoy no, pero en aquel momento era una novela… es todavía…

JQ: Es muy radical la novela…

BC: Sí, además el empleo de un lenguaje genetiano que en aquel momento estaba como ingresando a Argentina, a Buenos Aires.

JQ: Es peor…

BC: Es más vulgar que Genet. Porque tiene vulgaridades muy fuertes que es lo que le da el atractivo. Incluso  toma cosas de la cultura popular… en ese sentido, él, si bien en su escritura que yo sepa nunca la reivindicó, él era muy adicto a la cultura popular. Él, por ejemplo, estaba escribiendo un trabajo muy importante sobre la revista Rico tipo, un análisis desde el punto de vista de las mitologías que armaba la revista acerca del porteño. Bueno, eso creo que está perdido. Creo que no lo pudo reponer nadie. Porque escribía mucho. El Diario de él… también… Yo no sé si el hermano se lo quedó o dónde está. No lo encontramos porque la muerte súbita, el suicidio,  hizo que no supiéramos… y ya hacía tiempo que mi relación con él era esporádica.

JFP: ¿Leíste fragmentos del Diario?

BC: Sí, también eso nos leía. Pero siempre ocultaba algo. Porque el Diario, yo supongo, hablaba de nosotros, de Juan José, de Lafforgue, de Masciángioli, de Carlitos Marchi.

JQ: El Diario es para confesarse…

BC: Claro, entonces no sé qué diría. Porque él era malévolo. Carlitos lo que tenía de interesante es que era malévolo. Era agudo y malo. Pero malo. La maldad de él, si se puede llamar maldad, venía de su posición crítica frente al mundo. Entonces, cada adhesión tuya a un hecho, por ejemplo, ser vicepresidente de Argentores, como soy yo ahora, a él lo hubiese escandalizado, seguramente, porque no es una posición de un intelectual, de un artista, sino la de un funcionario. Entonces él en eso tenía una mirada crítica que no tenía ni Juan José que es un ex maestro de escuela, ni la tenía Masotta. Masotta, de alguna manera, se fue en seguida a España y perdimos la relación con él. Masotta también incursionó en los mundos universitarios y no de la manera, me parece, o no con el resultado con que lo hizo Carlitos.

JQ: Alrededor de la Universidad también, ¿no? Cursos privados, alrededor de los estudiantes.

BC: No ancló…

JQ: Masotta no se recibió, por ejemplo…

BC: No, él se convierte en lacaniano por participar en corrillos psicoanalíticos, por hacerse psicoanálisis, por ser analizado.

JQ: Es que era costumbre de los intelectuales no terminar.

BC: Es que en esa época había algo de repudio hacia la Universidad al mismo tiempo. Porque se consideraba a la escolástica como un paso ínfimo, menor. La Universidad  era apenas una fábrica de diplomas y no otra cosa.

JQ: Kuhn hizo un guión que se basa en la novela

BC: Él con Kuhn no tenía buena relación.

JQ: Ocurre que en ese tiempo se va formando el mito de la juventud, en el 55, en todos los ámbitos, internacionalmente, en el arte, en todos lados...

BC: Sí, la nueva ola francesa aparece en ese momento… lo nuevo empieza a tener una gravitación, la juventud…

JQ: James Dean, los ’50 y los ’60…

BC: Sí, 50 y 60…

JQ: ¿Correas tenía conciencia de eso? ¿Hablaron alguna vez de eso?

BC: No, eso al revés. En aquella época no nos sentíamos partícipes de un movimiento juvenil, ni nada menos, ni le interesaba. No le interesaba…

JQ: Él tiene una posición crítica...

BC: Por eso, quizás Los Jóvenes sea una humorada acerca de eso. No recuerdo haberlo discutido a fondo. Era algo que sobrevolaba entre nosotros que estábamos de acuerdo en que era una chantada eso de que los jóvenes por ser jóvenes son distintos a los viejos o a la…

JFP: ¿Te parece teatral este texto, Los jóvenes? Que transcurre todo en un mismo ambiente cerrado, son seis tipos.

BC: La palabra escénica es corta para poder expresar este texto, digo yo. Es una pregunta linda porque me estás haciendo pensar en esa posibilidad…. Pero, para que esto sea el mismo escándalo… no. Yo de acá tomo los chistes, esos chistes populares.  

JFP: ¿Vos tenés una pieza sobre Correas y además un texto testimonial?

BC: No sé si es testimonial. Es teatral, un texto teatral. Se llama “Correas”. Cuento más la relación de Carlos con la última mina que con él estuvo. No con Marta, su esposa.

JQ: Yo conocí una que estaba en las calles Paraná y Rivadavia, por ahí, sobre la calle Paraná me parece. No sé cuál es, si es la segunda o la tercera.
Ahora, leyendo Los jóvenes, vos lo leíste del original, yo lo leí del libro que salió ahora, la pregunta que se me ocurría es si él varió de posición estética. Por ejemplo, una cosa que dice en el postfacio José Fraguas, cita que él dijo en algún lugar que le interesaba una literatura del escándalo. Lo que te pregunto es si varió de posición estética.

BC: No, lo que yo recuerdo de él es totalmente fiel a sus principios. Fiel a sus principios, fiel a su manera de ver el mundo y por lo tanto fiel a su producción poética, a su producción literaria. Yo no veo que haya…

JQ: Una vez le pregunté a Carlos sobre Osvaldo Lamborghini y se sintió muy reacio y me dijo que él escribía en una manera más tradicional. Una cosa más de escritura formal, no tan vanguardista. Sin embargo, este primer texto si lo comparás, aún la primera parte del Chanetton con esto, hay diferencias.

BC: Hay diferencias, de esa prosa con esa, sí…

JQ: Usa la pornografía, distintos registros, no es el más pudoroso…

BC: El estilo posterior de él tiene una escritura más tradicional, más clásica que esta, esta es única, esta es su producción.

JQ: Es Lamborghini 40 años antes…

BC: Sí, mejor que Lamborghini…

JQ: Ese estilo…

JFP: ¿Le ves ribetes clásicos?

BC: Tendría que releerla. La leí por última vez cuando escribí mi obra de teatro.

JFP: Vos hablás de lirismo genetiano…

BC: Pero no sería capaz, en este momento, de reflexionar sobre literatura alguna, porque es un campo que se alejó de mí, de alguna manera. Pero sí reconozco que hay diferencias entre esta escritura y la escritura posterior. Esta a mí me divierte más que la posterior. La posterior incluso llegó a aburrirme, en algún momento. Hay cosas de Chanetton que no me gustan. A mí lo que me parecen geniales son los artículos.

JFP: ¿Y los relatos de Un trabajo en San Roque?

BC: Eso me interesó mucho más. Lo que pasa es que tengo una relación dual con todo esto. Chanetton la leí en borrador, como ésta, en borrador, en el momento. Después la volvía a leer editada. Pero todo lo otro lo leí en edición. Y cuando yo había dejado la literatura y estaba inmerso en el mundo del teatro.  Me pongo en otro sitio en la lectura, en otro punto de vista. A mí me cuesta mucho volver a reflexionar o a escribir  ficción literaria. No leo novelas y no escribo novelas ya. Me aburro. Entonces yo no sé si es Carlitos que me aburre en Chanetton o soy yo que tengo una actitud distinta. Además yo no soy un crítico.

JQ: Sebreli hace todo una estrategia de negación. Dice como que está agotado, que no dice nada. Hay como una estrategia para valorizar el Correas de Ensayos de tolerancia, sobre todo La operación Masotta y negar La narración de la historia. Sin embargo yo creo que ese relato es tan interesante como lo otro…

BC: Es posible. Te vuelvo a repetir, estoy fuera de lo narrativo en este momento y no tengo manera de sopesarlo. Pero en el momento en que yo leí Los Jóvenes escribía ficción. Yo estreno teatro de viejo, después de los 40, más o menos. En el 68 empecé a escribir teatro. Tenía 34. O sea que escribí y estrené de grande.

JFP: Pero siempre estuviste relacionado con las letras…

BC: Sí, pero fui abandonándolas y por ahí odiándolas, no lo sé, eso tendría que preguntárselo a otro, al analista o a alguno. No sé si es uno de esos amores en que vos para apartarte de tu primer amor lo negás o lo convertís en algo... Pero me cuesta ahora juzgarlo.

JQ: Esto reformula toda la obra, ¿vos pensás? Que la cambia.

BC: Yo creo que esta es la verdadera obra de Carlitos. Ésta además está escrita sin límites, de alguna manera. Ésta se parece a como él era, a como él hablaba, a como él era en la amistad. Mientras que los otros libros yo sentía que eran más descripciones de un intelectual frente a la realidad. Ojo, no quiere decir que si ahora los lea no cambie. Yo sentía eso…

JQ: Es que Correas era dos personas, era la persona académica, erudita, lector de Hegel, Lacan, y el otro, el atorrante…

BC: Eso era lo que hacía la fascinación de Correas. Esa dualidad hoy se da poco en los artistas o intelectuales, de acá del país.

JFP: ¿Vos qué edad tenías?

BC: Yo tengo 77, él ahora tendría 82, 83 más o menos. Yo lo conocí a él y a Juan José y a todos ellos a los 18. Yo pintaba, hacía Bellas Artes y escribía. Entonces, motivado por David [Viñas] y por su mujer de ese momento, dejé la pintura. Empecé a escribir, a escribir y a escribir. Mi novela Adiós a la izquierda la escribí a los 22.

JFP: ¿Y él cuando te pasó el manuscrito qué edad tenía?

BC: Y… él tendría 24.

JFP: Un pornógrafo…

BC: (Risas )Imaginate en aquella época. Él y Juan José avanzaban sobre joven que veían porque era su metodología, digamos… seducirte…

JQ: ¿Dónde se veían?

BC: En mi casa, yo vivía solo. También en la casa de él. Está esa foto famosa que hay suya, con un Perramus. Es en el balcón de su casa, es una foto armada, digamos, organizada. No reíamos mucho con esa foto porque parece que salía del submundo. En su casa, él tenía esas viejas casas tipo chorizo en la calle Garay, entonces, en la parte delantera él ocupaba ahí con toda su biblioteca que para mí era inmensa en ese momento. Estaría su lugar de dormir ahí también, separado por un cortinado. Y ahí leíamos a Borges y discutíamos a Borges. Después, bueno, uno se encontraba en cafés. Y cuando yo hablo de mi casa, tenía un caserón en Entre Ríos y Caseros. Yo empecé a meterme con gente de teatro. Venía alguna gente de teatro. En el 55 hubo una huelga en el Conservatorio de Arte Escénico. Y yo tenía cierta relación con ellos. Había actores interesantes, Susana Rinaldi, María Cristina Laurenz, Alfonso de Grazia, Carlos… muchos… y se reunían en casa. También en casa se reunían Juan José, Carlos y Masotta. Ellos estaban muy enojados porque yo no les daba la llave de la puerta de calle. Yo les daba la llave solamente a mis amigos de teatro y a Masotta que venía con Nené, su mujer después, a coger a mi casa. Porque en aquella época no había hoteles alojamientos o eran muy poquitos, estaba el del bajo, el que estaba frente al Luna Park. Entonces, no le daba la llave ni a Carlos ni a Juan José porque, suponía, iban a venir con tipos. (Risas). Bueno, Oscar terminó celebrando su matrimonio con Nené, en esta casa. Al respecto hay una foto en mi página de Argentores de ese día, 27 de marzo de 1958, donde estamos Iaros, Sebreli, Nené, Massotta, yo y Adelaida Gigli. ¡Sebreli la incluyó entre las fotos de su libro “Cuadernos” pero mediante un artilugio nos eliminó a Nené, a mí y a Adelaida! ¡Quedó él entre Iaros y Massotta! ¡Qué bárbaro!

JQ: Un quilombo…

BC: Además, la casa, si bien yo la usaba, era de un tío mío. Y yo decía, si llega a venir mi tío me mata. Fue al revés. Un día, mi tío era un señorón de guita de Tandil, con una estancia y qué sé yo. Y me cayó una noche que estábamos de joda. Una fiesta… el hijo de puta, yo digo, ahora me mata, me saca la casa. No, se quedó en la joda. (Risas). Y quería hacer otra. Che, cuando hagas otra, avisame. Esta anécdota quizás ilustra desde otro punto de vista cuál era la relación que teníamos y responde la pregunta de cuándo lo veía.

JFP: Eso de lo no pequeñoburgués que vos decís en la película sobre Correas… es muy vívido… su rechazo a los ambientes acartonados.

BC: Era como la antítesis de los lugares profesorales. Porque era ir en busca de lo vulgar. Era la antítesis de ese grupo que en la misma película son los profesores compañeros de él, los del Centro de Estudiantes. Era como la antítesis de eso. Cuando salíamos a caminar, Juan José no era de caminar tanto, no sé por qué o será que con él caminábamos más, pero veníamos del centro, de ir al cine, y nos veníamos caminando del cine hasta Entre Ríos y Caseros. Y después decidíamos hacer caminatas a la Isla Maciel o a Barracas. Barracas era otro lugar que caminábamos. Caminábamos por el paredón del Rawson para allá atrás. Todo esa zona, de lo que era antes el Hospital Rawson. Íbamos a tomar cerveza, le gustaba la cerveza. Tenía una actitud de integrarse a lo popular. Además en ningún momento por su aspecto, porque él era desaliñado, nunca se lustró los zapatos, nunca, nunca, ni se los hizo lustrar menos, no se usaba zapatillas en aquella época, se usaba poco, bueno al final usaba zapatillas por un problema que tenía en los pies y porque no tenía un mango en esos últimos años, usaba zapatilla y traje, como quizás está de moda hoy en algunos lugares pero esto es antes. Y bueno, caminábamos y él se mimetizaba, digamos, con los almacenes, bares en los que se encontraba. En ese sentido, él admiraba bastante a Borges. Tenía con Borges una relación dual, también, por sus declaraciones políticas… en aquel momento Borges estaba vivo y decía cada cosa que era terrible. Pero tenía al mismo tiempo una admiración por la prosa de Borges, por la escritura de esos cuentos seminarrados que tienen que ver con el Sur.

JQ: ¿Y de Arlt no hablaban?

BC: Sí, hablábamos mucho de Arlt. Los dos teníamos y seguimos teniendo hasta el final me parece una relación muy amistosa con Arlt, muy fuerte. El que se empezó a apartar de Arlt fue Juan José, al que con el tiempo le empezó a interesar más Proust que Arlt, a nosotros no. A nosotros nos interesaba más Arlt que Proust. Y él estuvo conmigo, con Arlt, bastante cerca de mis estrenos. Pero  no me entendía las obras de teatro. No podíamos armar una comunicación. Porque lo que discutíamos en literatura siempre era quién  de los personajes era uno mismo. Eso lo discutíamos cuando hablábamos de literatura. Y en teatro eso es  muy múltiple. El autor se deshace en todos los personajes. Es muy difícil objetivar un Yo transferido… esa era una gran diferencia…

JQ: Claro, él escribía una literatura que, yo digo, es muy de identificación… él está identificado con Arlt.

BC: Claro, sí, sí, seguramente. Yo estrené una adaptación de El juguete rabioso que era una novela que le gustaba mucho a él también. Más quizás que Los siete locos y que Los lanzallamas. Y la vio, me ayudó, vio ensayos. Hicimos todo aquello que hacíamos cuando leíamos literatura, cuando leíamos narración. Cosa que cuando yo me metí exclusivamente en teatro dejamos de hacer y como te decía, teníamos esas discusiones. Cada vez que veía una obra mía me decía: ¿Y quién sos vos? ¿Quién sos vos? En teatro no se puede analizar así.

JQ: Aparte todo lo que él escribe en ficción es autobiográfico.

BC: Claro, claro, pasa por él todo. Además, creo que quizás la literatura para publicar o escrita ayuda más a ficcionalizarse uno mismo que el teatro donde la presencia de los actores es como una oposición a uno mismo, de repente. Porque uno puede armar un personaje que se parece a algo de uno, pero después, seguramente que el actor lo hace patadas, lo destroza, hace otra cosa.

JQ: Él, yo me doy cuenta, todo lo que hizo fue para ser outsider y no canonizarse.

BC: Oficializarse nunca…

JQ: Pero ahora, como alegoría, lo canonizan. ¿Por qué ahora lo canonizan?

BC: Bueno yo estoy asombrado. Supongo que él estaría asombrado también. De que pasara esto. Yo no sé si esto es una moda pasajera o si es algo que está metido en la entraña misma de nuestra cultura minoritaria. No me doy cuenta todavía. A mí me sorprende también. Y creo que él estaría asombradísimo de que tengamos esto acá delante, hoy, esto medio tan secretamente y estuviera la edición ahí y grabando y hablando… porque él tampoco se daba con ese mundo…

JQ: Yo conocí quienes trabajaron continuamente…

BC: Para ser la posteridad…

JQ: Trabajar para ser canonizado… estratégicamente, medio perverso…

BC: Lamentable… Correas, no, en absoluto. Correas todo lo que hacía parecía distinto a lo que había hecho. Había como un cambio múltiple que no lo ayudaba a ser reconocible. Vos leés  a Borges de punta a punta y es Borges, lo reconocés siempre. Pero a Carlitos no. Leés y tenés que, me parece, hilar fino. No había una consecuencia natural de la escritura anterior. Es decir, esto [Los jóvenes] no tiene un hijo, o una prosecución en el estilo…

JQ: Igual es un misterio. ¿Por qué te lo dio?

BC: Yo tengo la imagen del momento en que me lo dio. Y la memoria, viste, siempre es así como imágenes que te asaltan. Y eso es un recuerdo… Fue muy circunspecto. En una puerta, yéndose, fue algo premeditado evidentemente porque fue en esta casa que yo te digo que vivía. Pero fue en el dintel de una puerta, así como algo que había que ocultar. Yo tuve esa sensación. Y nunca más volvimos a hablar.

JQ: ¿Fue una de las primeras cosas que escribió? Está escrito a los 22 años.

BC: Yo creo que sí, pienso que sí. Además de los que habla…

JFP: ¿Los personajes son reconocibles?

BC: Yo no los reconocí, pese a que sé quién era cada uno.

JFP: Son todos epítetos…

BC: Yo sé quién es la Lagartija Chupadora. (Risas). Él es el caballo o la yegua... La Flor Podrida creo que era Jorge Masciángoli. Los otros fueron… Carlos Enrique Marchi era actor. Mi primer librito de cuentos salió porque Héctor Miguel  Ángeli, uno de estos chicos, tuvo la nobleza de incluirlo en su colección de poetas. A Masciángoli como dije lo traté poco,  era como un pequeño aristócrata que trataba a los otros como si fueran pelotudos o basura.

JQ: No era jodido Correas pero también se mandaba la parte, eh…

BC: No, Correas era malévolo. Era malévolo. Yo sabía que si tenía una discusión conmigo, después, seguramente, iba a hablar mal de mí. Cosa que de alguna manera no sé si está mal…

JQ: Arrugaba.

BC: ¿Sí, arrugaba? Era duro, eh.

JQ: Sí, un día estaba totalmente en pedo en El ojo mocho y llegué yo y me empezó como a avanzar. Le dije que no me hinche las pelotas y se quedó muza, eh.

BC: Es posible. Además no tenía agallas físicas. Cuando íbamos a recorrer algún lugar así, pese a que iba adelante, decía: Che, mirá estos tienen escopetas…

JQ: En eso es arltiano. Arlt era igual…

BC: Él lo quería a Arlt mucho. Su libro sobre Arlt me pareció fantástico.

JFP: Y tu relación con él, vos como amigo y librero, ese espacio que compartían...

BC: Una de las cosas que hacíamos era volver caminando. Muchas veces venía a la Librería Santa Fe.

JF: ¿Iba seguido?

BC: El que venía más seguido era Juan José porque coincidió que yo empecé a trabajar ahí y él se mudó a dos cuadras. Así que a Juan José lo tenía todos los días. Y Carlos venía pero una vez, dos veces por semana.

JQ: ¿Compraban libros?

BC: Afanaban. Juan José me pedía prestado y los devolvía. Carlos era más pudoroso.

JF: ¿Y tu pieza sobre Correas?

BC: No sé lo que voy a hacer. El lugar del manuscrito de Los jóvenes me parece que sigue siendo la Biblioteca Nacional. El lugar es la Biblioteca. Carlos tenía buena relación con Horacio.

JFP: Y al margen de lo que pienses hacer ahora y al margen de la apropiación que hay o no hay ahora, ¿podés comentarnos algo de tu texto sobre Correas?

BC: Tengo que hacer lo que te dije que hacemos los teatristas, reconsiderarlo otra vez, releerlo, porque no solamente es la publicación de Los jóvenes  lo que afecta ahora la obra teatral de una manera digamos  impresionista, sino que  lo que me sucede ahora es que también aparece el documental sobre Carlitos y eso es transformador, transforma, digamos la audiencia. Yo no esperaba que el documental existiera  –aunque fuera bueno o malo, no importa eso– que Carlitos estuviera ahí,  yo creí que iba a ser el primero, no porque quería ser el primero sino porque había algo en mi escritura inédito sobre él, pero ya no es inédito él, ahora él es un mito popular.

JQ: Una reivindicación de los académicos joven. Esa es una vía. Y la otra es la de los lectores.

BC: Sí.

JQ: Nosotros éramos correístas antes como lectores, no como académicos. Tenemos que buscar esa reivindicación. No la otra.

BC: No tengo nada en contra de los jóvenes (Risas) pero son muy jóvenes y a mí me sorprendió mucho que ellos hicieran un documental  así.

JFP: Hay cosas generosas, testimonios…

BC: Además que se apasionaran sobre la vida de él me pareció muy sorprendente.  Me pregunto entonces si el documental, la publicación de Los jóvenes, estas charlas y estudios sobre Carlitos no serán  el broche verdadero de la vida de Carlitos. Si realmente es necesario el estreno de mi obra teatral “Correas”.