18.11.10

Crónica de una crónica: Entrerrianos de Damián Ríos o “Damián atendeme…”, por Laura Estrin






Esa escritura hablaba de las cosas que se dan, de las que se reciben y de las que se pierden; yo después, con el tiempo, leí muchos libros, y los mejores realmente se limitan a hablar de eso; a veces para olvidarlo, pero siempre de eso.

(Entrerrianos)


“Damián atendeme”, le decía el papá enseñándole a contar juntando piedritas… Mi papá, cuando íbamos a dar examen nos repetía: “Escribí y dejá escrito eso primero que te sale”…

¿Qué pasa cuando uno lee, uno descubre, como yo hace algunos años, un autor, una obra, de la propia ciudad, del mismo tiempo, de Concepción y de Uruguay, para que entiendan los porteños, como dice Zelarayán?

¿Qué hace uno con lo que es tan cercano y tan bueno?

La de Damián Ríos es una lengua lisa, tranquila, real, sin barroco y sin manierismos inverosímiles. Una obra clara. Es ese Entre Ríos donde se dice “el Germán o la Mónica”. Entre Ríos o Concepción, ese lugar de dichos, pero dichos propios: “parecía un loro cansado” o “viento del este, lluvia como peste”. Y la escuela Bessi donde fui hasta segundo grado y Damián hasta que se fue a vivir con la abuela Carmen. Escuela Bessi por las hermanas Bessi, no lo sabía, Damián me lo cuenta y regala con su libro. Con ese patio de tierra y gusanos que los chicos nos ponían en el guardapolvo… Fantasmas de la infancia.

Y ahora, recién, veo la parte Uhart de Damián Ríos, de su escribir… él lo dice en la página inicial del libro… y aquí lo encuentro: “barrer la parte sombreada de la vereda”. Y veo las palabras de época y tal vez de zona –como dije para Zelarayán–, como “el hacer tanto espamento”. Las crecientes que yo vi del otro lado de la ciudad, porque vivía del lado del Ministerio donde el agua no llegaba pero alguna vez trepó hasta dos cuadras atrás de mi casa. Y Damián vivía en y con otras marcas, “el puentecito de Suipacha”, la zanja. Pero la creciente, “medio triste”, era cosa de ver para todos.

Damián sabe “escribir una novela con comprobaciones”. Pasar por detrás del Colegio del Uruguay, donde fui yo, porque Damián fue a la Industrial, adonde fueron mis amigos hoy tan lejanos: Dito y Fabio. Y él pone tan bien esas luces azules que suben y bajan los frentes de las casas, una memoria de reflejos. Y Damián atesora saberes de pueblo: saña y gente, que no se duerme a la mañana, “observaciones verdaderas” –dice el libro y escribe: “Narra el que sabe y se escribe para saber”.

Hebe Uhart aseguraba estos días en un reportaje que no sabe por qué la literatura argentina no hace buenos diálogos. D. Ríos hace perfectos cruces:

“-Está pescando, dijo Picho.
Y otro contestaba:
-Y estaba solo.”

La zanja, el arroyo de las Ánimas, extramuros para mí que vivía más cerca de la plaza Ramírez, y venir a descubrir literatura ahí, allá... Pero algo más que lo que yo siento y reconozco debe haber en Entrerrianos y en toda la obra de D. Ríos. Como Bernardo, esos locos que mandaban a “Surco”, un chiste que en casa se repetía, y que era un colegio para discapacitados “y que lo entienda el que pueda” –como dice Aira–. Y ahora no sé si Damián trasviste los nombres… Me parece que no… “el Damián” es Damián… Nosotros, yo, todos damos a leer nuestras cosas a algunos en Concepción y aunque la “Rys” sea la Rys, no se lee… casi nada… No todos están obligados a leer y la curiosidad es sólo avidez de pocos, la literatura –por suerte- no es obligatoria… Hay gente inmutable que ni siquiera se ve a sí misma cuando queda retratada y tengo miles de casos…

Pero los chicos, los primos, de Entrerrianos esperan la lluvia y la creciente. Parecido y muy diferente a Wernicke. Y no inventan casi nada. La lengua la conocen, la tienen. Es una sola, la lengua de la infancia, donde está casi todo… Pero a eso hay que entenderlo… es como cuando uno dice “todos escriben”… y sabe que “no todos escriben, sólo algunos entre todos”… Y esa fuerza, el encuentro de esa fuerza, de lo que verdaderamente se tiene y por eso sale así escrita, como el grito del gurí entrerriano que encontré en Zelarayán es lo que se puede llamar “retratar la propia lengua”: “La lluvia, dijo después, con ganas de decir algo”. La propia inundación, la llamé hace años.

Retratar es retratar un parroquiano que mira la tormenta y los apellidos de allá que reconozco: Don Caire, el muerto por la creciente, los Sandoval… Los nombres, los apellidos, no son los mismos en todo nuestro país. Las inmigraciones fueron otras. Así lo pensé en “El viaje del provinciano”. En Entre Ríos hay más apellidos judíos que árabes, me parece, lo contrario de lo que sucede en el norte.

Y el retrato es nítido, como el sol con la creciente. Y hay muchas cosas, transpuestas, recordadas: la vuelta a la plaza, los camiones de la municipalidad, la línea 4 de colectivos (creo que no había más de dos o tres cuando con Damián éramos chicos), la Terminal de ómnibus ya hoy envejecida pero que en los ´70-´80 era un edificio de los nuevos, con Hotel y todo. Aunque la Esso que estaba frente al playón siga estando…

Y el retrato se sabe retrato, lo más difícil que hay, un rostro, el retrato es un rostro literario: “Todo el tiempo parece que va a pasar algo en esas cuadras, pero a estas horas no puede pasar nada”. Y yo sé, por eso siento fuerte cuando lo leo, que la repetidora de canal 7 empezaba a transmitir a las 7 de la tarde, antes, a la tarde, había que conformarse con el 3 de Paysandú y el 12 de Fray Bentos... pero si había tormenta… Canal 9 aparecía entre rayas grises y negras…

Y siempre inevitable, hay un ensayo sobre la memoria y el olvido en estos relatos: “Primero me llega el olvido de los ruidos, después el de las palabras. El olvido que me viene es redondo, blanco, poroso, infinito: está hecho así para que uno pueda llenarlo con carradas de ruidos nuevos, mentiras. Me quedan, entonces, imágenes mudas, colores sin nombre; después les pongo el ruido y los olores que quiero, como si escribiera en un membrete”. Y contrasta en parte con “cosas ciertas que vienen de adentro de algo” y lo que media será entonces: contar una historia que no se sabe si es lo importante o si lo es el paisaje… así lo dice Entrerrianos.

Y el hospitalito donde finalmente quedó el consultorio de mi papá, donde empezó a irse la abuela de Damián; el balneario, adonde iban algunas maestras solteras y peinadas, y esas otras cosas que recordaba la abuela de Damián para él: saber, mirar, sentir, y de eso hablaban porque “Sólo ahí se empieza a escribir, para mí: lo demás es un tanteo”.

El interior creció hasta los ´50, eso leí en una antología de poetas del norte y es cierto, sino Damián Ríos en los ´80 y ´90 no podría hablar como un viejo: “Es el día de hoy que…”. El del interior es siempre un relato tiempo pasado.
Y está el registro de venirse a Bs.As. en colectivo, la maniobra de cómo sale el colectivo de la Terminal, una precisión de la mirada que asalta el corazón: “Eso, contar eso. Porque uno va sabiendo que al volver no va a ser lo mismo”… como me dijo la moza marplatense del café de Melo, un día, caminando por Las Heras… “cuando nos venimos envejecemos 2 o 3 años” y ella sólo tenía 21!

Y aparecen El Club Rivadavia y la calle Lorenzo Sartorio y pocas fechas… No tengo más que alegría y tristeza nostálgica por el tiempo del alma de allá cuando leo los recuerdos de Damián, su novela, lo único que los poetas pueden escribir, una morada desasida: “Qué mierda es acordarse. Tengo que escribir lo primero que me venga a la cabeza, si me tocó llegar hasta acá no lo puedo errar. Tengo que ser preciso, jugar bien”.

Yo nunca pensé, nunca quise volver a vivir ahí… pero lo recuerdo todo… Como Damián que ve clarito “el cielo bien limpito” que se enreda con los recuerdos de esos amores lindos, tibios, de ahí y la mención de pueblos que, creo, sólo pocos reconocemos: Villa Mantero, a la que le dicen “Mantero”, o el camino viejo a Colón… frases que uno reconoce como propias de esos tiempos de allá, acá nunca las nombramos. Y no son misterios, es experiencia, es visión y poesía honesta: “Pero para mí no hay destreza que valga, a mí me interesa la honestidad. Ser honesto es infinitamente más difícil que ser diestro” –dice Damián Ríos.

Por último recorro un poco algunas de sus frases porque “Alguien viene y dice su historia”… porque “La memoria es plana, no tiene manera de representar otra cosa que imágenes: apenas las acompaña con algo así como el ruido de un proyector de fondo, un colchón”…

Damián Ríos escribe, selecciona: “Lo que llaman inspiración en general se puede entender como acatamiento de órdenes (…) La memoria advierte lo del chirrido, pero no lo representa. Hay sol.” Ríos va por la lírica mejor, la justa, justo tuvo una radio Noblex como la que había también en casa. Damián retrata lo que le queda dando vueltas en el cuerpo: “qué hace Damián, nada, estoy contando la historia de todos nosotros, de lo que hacíamos”.

Una vez hablamos con Damián de cómo podíamos hablar cuando volvíamos a Concepción y conveníamos que uno nunca vuelve del todo… aunque vaya y salude 14 años después a la dorada noviecita de la escuela Bessi… porque también en Bs.As. está “Caserito (que) era como yo, nada más que se había quedado un tiempo más en Entre Ríos y leía muy poco…”

Y mi último subrayado es también algo que yo podría decirle a mi hermana que hace poco volvió a Concepción, a encontrarse con compañeros de la infancia: “bueno, hermana, no estoy hablando del pasado, estoy hablando de las marcas del pasado en una voz que ahora es mía”.